American Graffiti

Halloween. Son las doce de la noche y no ha pasado por aquí ningún niño proponiendo "truco o trato". Soy el ogro mal afeitado del vecindario: el maestro cascarrabias del colegio por las mañanas, el entrenador vociferante del fútbol por las tardes. Me temen, o me respetan, o pasan de mí. No sé. En cualquier caso, se lo agradezco. Hay un aviso invisible de don't disturb colgado en la aldaba de mi portal. Pero casi nunca estoy follando. Ya no son edades, ni romanticismos, ni flexibilidades del cuerpo. En las horas de la procreación, o del retozo, que es cuando los niños disfrazados dan por el culo al personal, yo estoy en la película, en la serie, muchas veces en compañía de los fantasmas verdaderos, que son los actores que ya murieron, y las actrices que ya nos dejaron, espectros cordiales y nada espeluznantes que vienen de visita para recitar los viejos diálogos, y recordar los viejos tiempos, entre risas y melancolías.



            Llevo casi cuarenta años tapándome los oídos cuando alguien se atreve a criticar La Guerra de las Galaxias. Al mismo tiempo, para que las trompas de Eustaquio queden incontaminadas del vocerío, canturreo sonsonetes infantiles que resuenan en las cavernas interiores. La gente me mira raro, a mis cuarenta y tantos tacos, como si fuera el autista de Rain Man, o el más tonto de Dos tontos muy tontos, pero no sé defenderme de otra manera ante estos ataques malintencionados. Sé que La Guerra de las Galaxias no es una película perfecta, pero el niño que la vio con cinco años aún vive dentro de mí, comiendo galletas y dando patadas a los balones, y se pone muy triste cuando alguien le lleva la contraria, y le dice que su película preferida es caca, culo, pedo y pis. Tengo que protegerlo a capa y espada de estos malandrines de la intelectualidad, de estos cargantes de la cinefilia responsable, de estos adalides del cine pluscuamperfecto que se toman la película a chunga, como un western del futuro, dicen, como un entretenimiento para menguados, afirman. Mentecatos. 




            De todos modos, ahora que el niño duerme, voy a confesar que la mejor película de George Lucas es American Graffiti. Porque los cineastas, al igual que los escritores, suelen pergeñar sus mejores obras cuando escriben sobre lo que vivieron en primera persona, aunque luego lo deformen en aras del drama, y le cambien el nombre a las personas reales. Uno no vivió los años sesenta en California, pero entiende que George Lucas está contando algo muy verdadero, muy personal, en estas aventuras nocturnas de los rapaciños al volante. American Graffiti es el retrato agridulce de su adolescencia, de cuando rulaba por el villorrio buscando chicas para el magreo, amigos para la cuchipanda, hamburguesas para el body. De cuando dejaba atrás la felicidad despreocupada y encaraba la universidad, el futuro, el abismo. Uno no tiene nada en común con estos americanos del rockabilly y los coches de James Dean. Nada salvo el gusto desmedido e insano por las hamburguesas bien grandes y grasientas. Uno se crió en otro país, en otra época, casi en otro planeta, con los curas de León, sin coches que conducir, sin chicas que seducir, sin coleguis con los que emborracharse a los diecisiete años. Uno era más parecido a esos panolis de El club de los poetas muertos, tan pulcros, tan estudiosos, tan presionados. Tan inmaduros. Pero uno, con todas estas salvedades, se reconoce en los personajes de George Lucas: el batiburrillo de hormonas, el miedo a crecer, la conciencia dolorosa del tiempo que se va. Hay temas universales que se comprenden en cualquier tiempo y en cualquier cultura, en esta galaxia y en otras muy lejanas, y George Lucas pintó un retrato de la adolescencia que quedará ahí para los restos, inmune a las modas y a las críticas, como un cuadro de Velázquez, o como una escultura de los griegos.


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