Lenny

Hace cincuenta años, en Estados Unidos, y ya no te digo nada en nuestra España nacionalcatólica, los humoristas sólo podían contar chistes sobre suegras o sobre gangosos. Ninguna palabra soez estaba permitida en las ondas o en los escenarios. El sexo, como mucho, era eso, y las partes anatómicas, esto y aquello. En España bastaba con que aludieras al tema, sin mencionarlo siquiera, para que te agarrasen un par de guardias civiles, te soltaran un par de hostias en el calabozo, y te enviaran al cura castrense para ser recibido en sagrada confesión, ser absuelto de los pecados y volver al redil de los hijos de Dios. A la mañana siguiente regresabas a la vida civil con el ojo morado y el alma blanca lavada con Ariel. 


En Estados Unidos la libertad de expresión era mayor: podías usar eufemismos, circunloquios, sustituir los términos problemáticos por palabras inventadas. Pero si mencionabas la palabra prohibida, te podían caer meses e incluso años de cárcel. No te soltaban una reprimenda ni te enviaban a un pastor para aclararte las ideas. Te encerraban en un correccional para que los reclusos te pusieran el ojete a la virulé, y se te quitaran las ganas de andar tonteando con las palabrotas. Un tipo como nuestro querido Louis C. K. llevaría varias cadenas perpetuas consecutivas, y el culo más dado de sí que el coño de la Bernarda. Antes que él, en los años 60, hubo un cómico pionero en violar estas normas que ahora nos producen la risa y la perplejidad. Se llamaba Lenny Bruce, y no se cortaba un pelo cuando salía a los escenarios. Hoy en día sus monólogos serían apropiados incluso para los monaguillos, o para las amas de casa resecas, pero entonces escandalizaban a las autoridades y a los comités de buenas costumbres. Lenny decía chupapollas, y coño, y hay que joderse, y el público de los garitos nocturnos se partía el culo mientras esperaba que la policía irrumpiera en cualquier momento, si no estaba allí ya, disfrazada de paisanos que no se reían. En Lenny, que es la película que Bob Fosse dedicó a su figura, asistimos al auge y caída de este peculiar personaje. De cómo saltó a la fama con las grabaciones en disco de sus monólogos y de cómo arruinó su suerte en los enfrentamientos con la ley y en los problemas con las drogas. Lenny Bruce era un tipo impulsivo y libertino, de una lengua mordaz y de una inteligencia punzante. No era un simple provocador, ni un simple malhablado. 




            En uno de sus monólogos, Lenny, judío de origen, se queja de que ya han pasado dos mil años desde la crucifixión de Jesús y su pueblo todavía no ha sido perdonado por los cristianos. Así que decide cargar con toda la culpa, y confiesa que fueron sus antepasados directos los encargados del crimen. Y añade:
            "Qué bien que lo clavamos en aquella época. Si lo hubiéramos hecho en los últimos cincuenta años, veríamos a los niños de las escuelas parroquiales corriendo con sillitas eléctricas colgadas al cuello".

        En otra actuación, Lenny hace recuento del público asistente, y empieza a señalar a los negracos, a los sudacas, a los moros, a los borrachuzos irlandeses. No parece estar de broma, y los ánimos comienzan a caldearse. Pero justo antes de que alguien salte al escenario y le parta la cara,  Lenny se ríe y explica:
            "Lo que quería demostrar es que es reprimir una palabra lo que da poder, violencia y malevolencia. Si el presidente Kennedy saliera en la TV y dijese: “Quiero presentarles a todos los negracos de mi gabinete...” Si dijese la palabra negraco cuando viese a un negro, negro, negrata, negrito, conguito, hasta que ya no significase nada, ya nadie haría llorar a un niño de color."


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