La mujer invisible

Charles Dickens tenía 46 años cuando una buena mañana entró sin llamar en los aposentos de su esposa Katherine y la descubrió desnuda en mitad de sus abluciones. No era costumbre, en la época victoriana, que los esposos se conocieran el cuerpo sin ropajes. Incluso los ayuntamientos carnales se hacían con los camisones puestos, interponiendo una doble capa de lino entre las pieles pecadoras. Así que Dickens se quedó de piedra cuando descubrió aquellas lorzas desparramándose por los costados, unas sobre otras, como jardines grasientos de un zigurat babilónico. Katherine le había dado diez hijos en sus muchos años de matrimonio, y últimamente abusaba de las pastas y de los puddings en el té con las amigas. Esta Katherine descomunal se había comido a la dulce Katherine de los otros tiempos, de cuando eran jóvenes y se perseguían por los jardines; de cuando se rozaban las manos en la intimidad del dormitorio y un escalofrío de amor les obligaba a superponerse sobre el colchón para consumar el casto acto de la procreación. 





            Aquella mañana fatal, al ser descubierta, Katherine se tapó con una toalla blanca sus ubres caídas, y sus pliegues lipídicos. Con uno de sus ojos, el del párpado más abierto, le lanzó a su marido una mirada de reproche; con el otro, el del párpado caído, le hizo una petición avergonzada de perdón. Pero ya era demasiado tarde. Todo un noviazgo de melindres y todo un matrimonio de respetos se había venido abajo en un solo segundo de vislumbre. No es que Dickens fuese precisamente un Adonis de las letras británicas, con esas barbas de orate y ese aspecto desaseado de todos los hombres decimonónicos, pero él era un hombre afamado al que las lectoras de sus folletines agasajaban por doquier. Dickens se disculpó de su esposa con cortesía, cerró la puerta, y se dijo a sí mismo que nunca más volvería a tocar semejante despropósito carnal. Hasta aquí habíamos llegado. El divorcio era imposible en la Inglaterra victoriana, pero no así la interrupción temporal de la convivencia, que en los círculos burgueses era una práctica común, y venía incluso recomendada por algunos médicos, para evitar el estrés de las esposas que reñían y de los niños que daban por el culo a todas horas. Lo habitual en estos casos era buscarse una amante con la que edificar una vida paralela, ponerle una mansión en el campo como quien ahora le pondría un piso en Alcobendas, y pasar allí los días impares de la semana para practicar el retozo sexual y dar largos paseos por la campiña británica. Los días pares, para guardar las apariencias, había que permanecer en la gran ciudad, y recibir en casa a los otros matrimonios que también fingían la felicidad del sagrado sacramento.



            De entre sus múltiples seguidoras, Dickens hizo pito pito gorgorito y convirtió en su amante a la joven Ellen Ternan, actriz de teatro aficionada que bebía los vientos por su literatura. En los retratos de la época, Ellen aparece como una mujer de rostro afilado, rasgos delicados y boca de fresa. No es una mujer fea. No, al menos, el monstruo que uno siempre espera en estos retratos del siglo XIX, con jóvenes que ya eran viejunas a los veinte años y maduritas que ya eran cadáveres antes de morir. Pero aquí, en La mujer invisible, que es la película que narra estas aventuras románticas de Charles Dickens, los productores prefirieron una belleza más rotunda, más moderna, que asegurase un mínimo en taquilla por si al final salía un muermazo de dormir a las ovejas. Como casi ocurrió. La actriz elegida para el papel lleva por nombre Felicity Jones, y han bastado sus dos primeras apariciones para que yo me olvidara del embrujo lúbrico de Rooney Mara. Felicity Jones no se parece en nada a la Ellen Ternan verdadera: sus gracias son los pomulazos, los ojazos, los labios voluptuosos. En algunos escorzos me recuerda a Charlize Theron con algún kilo de más; en otros guarda parecidos muy estimulantes con la geografía curvada de Scarlett Johansson. Véase que estoy hablando de una belleza superlativa, sobresaliente, de las de quedarte sin palabras en un blog. De las de quedarte, otra vez, enamorado de un holograma.


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