¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

Los jóvenes celtibéricos de hoy en día no se creen que antes de 1981, en España, nadie pudiera divorciarse legalmente de su pareja. Uno, para hacerse entender entre la juventud, tendría que explicarles lo que fue el franquismo, el nacionalcatolicismo, el ayuntamiento espiritual - y quién sabe si carnal – entre el Ejército y la Iglesia que gobernó este país durante cuarenta años. Y eso, a los hijos de la LOGSE, les queda muy lejos en el tiempo, y muy fantasioso en la imaginación.
Mientras vivió el dictador, los matrimonios mal avenidos estaban condenados a fingir la convivencia dentro del hogar, que se convertía así en cárcel y condena. Sobre todo los pobres, que sólo tenían un piso, y no tenían escapatoria posible en los chalets de la sierra, o en los apartamentos de la playa. Las mujeres maltratadas y malpegadas tampoco podían fugarse al pueblo, a casa de la madre, porque tales exilios eran una vergüenza pública, y las vecinas te señalaban, y los hombres te rehuían, y los curas te maldecían bíblicamente en los ardores de la homilía. Había que tenerlos muy bien puestos para soportar el aluvión de miradas y reproches. Las leyes, además, en los asuntos más importantes de los hijos y los dineros, estaban con los hombres, porque hombres eran quienes dirigían el país, y Jesucristo, al parecer, en un silogismo bastante estúpido, nunca tuvo apóstolas ni discípulas de gran calado.



            Después de la muerte de Franco, aún se tardaron seis años en aprobar una Ley del Divorcio decente, amparada e inspirada por la Constitución. Los curas pusieron, cómo no, el grito en el cielo, y los militares aprovecharon el barullo para seguir amenazando con los fusiles, pero el grueso de la sociedad civil pasó de sus monsergas del fuego eterno y de la dictadura retomada. Pasaron los años y el divorcio se convirtió en un asunto tan cotidiano como el propio casamiento. Sobrevivieron, eso sí, lenguaraces y montaraces, varios dinosaurios que siguen anunciando el fin de los tiempos cada vez que una pareja decide poner punto final. Vomitan en los púlpitos, regurgitan en los diarios, rebuznan dogmas preconciliares en los canales de la TDT. Son pocos, sí, pero muy latosos, y muy influyentes, porque la derecha económica, que en realidad folla donde quiere y cuando quiere, necesita a estos predicadores del Diluvio para seguir metiendo ruido y asustando a la sociedad civil con el coco del rojerío.



            ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? es una película rodada en el interregno democrático que aún no disfrutaba de una ley del divorcio. Es el grito tragicómico de Fernando Colomo contra el retraso secular de aquella España pre-europea. Carmen Maura es una españolita a quien su marido, del que vive separado para horror de las vecinas, le chulea el dinero, el magrea el cuerpo, le mancilla la dignidad. Como el hombre no puede deshacer el nudo que Dios ató en solemne sacramento, el tipo entra y sale de su vida como Pedro por su casa, al antojo de la billetera o de la polla aburrida del puterío. Carmen Maura, al borde de la neurosis, desamparada por la ley, decide fugarse con las amigas a los garitos nocturnos, a escuchar el rock incipiente de La Movida Madrileña. Allí conocerá a un jovenzuelo de vaquero ajustado, camiseta mínima y gafas de sol permanentes con el que se alegrará el cuerpo y se refrescará el espíritu. Entre tanta chica joven, ella se convertirá en la reina de la maduras, en la más fogosa de las mujeres, porque viene de vuelta de la vida y sabe apreciar, más que ninguna chavala de las que mueven el body a su alrededor, el verdadero valor de un buen polvo sin el crucifijo preceptivo presidiendo la función.


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