Noé

Mi famélica curiosidad por Noé, la epopeya bíblica de Darren Aronofsky, saca la bandera blanca de rendición a los veinte minutos de metraje. La cosa ya pinta muy mal desde el inicio, con esos diálogos inextricables y esos parajes lunares por donde corretean los malos malosos, seguramente ateos o comunistas del Antiguo Testamento. Pero cuando entran en combate esas piedras parlantes que son primos de los Ents, uno, que ya estaba buscando la excusa definitiva para el abandono, siente un acceso de vergüenza ajena por Aronofsky, y por los creyentes que se toman al pie de la letra este cuento de monstruos para niños preescolares, y pulsa, como un ángel exterminador, el botón del stop.



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