Ida

Los compases iniciales de Ida, que es una pelicula polaca muy avalada por la crítica, me producen un escalofrío de terror que me sube por la médula espinal y me corta la respiración. Ida parece una película de Dreyer, y Dreyer, en este blog, es como el sacamantecas que nos aterrorizaba de niños, como el hombre del saco, como el coco que vivía debajo de nuestra cama. Dreyer es el maestro danés con el que uno suspendió todas las asignaturas de la cinefilia oficial, y se quedó si en el carnet homologado para poder opinar y escribir. Ida es una novicia de los años sesenta que pasa sus días en un convento de la Polonia profunda, como sor Citroën, vamos, pero sin risas, ni el cuatrolatas que atropellaba peatones. La fotografía de la película es de un precioso blanco y negro que pasa de los tenebrosos interiores a la luz divina que se cuela por los ventanales, y uno, aunque fascinado, se va temiendo lo peor: que Ida descubra a la Virgen en el reflejo de las cucharas, que resuciten las monjas enterradas en el huerto, que aparezca un loco por la puerta anunciando la Segunda Venida del Señor. Una cosa teológica con olor a porro, tantos años después de que Dreyer, el maestro danés, abandonara este mundo de incomprensores.



            Pero Ida, por fortuna, no va a seguir esos derroteros de la evangelización cristiana. A los pocos minutos de metraje, nuestra heroína dejará el convento para arreglar sus asuntos personales en el mundo de los pecadores, antes de tomar los votos permanentes y enterrarse en vida al servicio de Jesús. Allí, en la Polonia gris y desanimada de los años 60, descubrirá que sus orígenes familiares no son cristianos, sino judíos, y que sus padres, a quienes no conoció de pequeña, fueron víctimas de la violencia nazi y de la codicia catastral de los vecinos. Acompañada de su tía, una exfiscal comunista que bebe cien vodkas al día a la salud de Stalin, Ida buscará la huella de sus padres por los pueblos de Polonia, mientras se busca a sí misma, joven bellísima de cabello ardiente, por los paisajes nocturnos de las tentaciones carnales. Uno, como espectador de edad ya casi provecta, debería enamorarse de su tía, la exfiscal morena y salada, que pica por los cuarenta años y sigue siendo una mujer de buen ver;. Pero Ida, la novicia, con su cara de virgen, su piel de alabastro, su inocencia de aldeana tontaina, parece la víctima perfecta del torvo homínido que habita en mi interior, y que la desea desnuda del hábito, y entregada a los designios del demonio.



            En Ida, además, como encarnación melódica del Belcebú que se esconde en la noche de Varsovia, suena el Naima de John Coltrane, y Coltrane, para quien esto escribe, es un profeta verdadero, un humano tocado por lo divino, y su música, por sí misma, ya justifica este rato tan agradable del sofá.


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