Carmina y amén

Mientras veo Carmina y amén, que es la continuación que hubiesen firmado los mismísimos Azcona y Berlanga para Carmina o revienta, vuelvo a extrañarme de que sean los catalanes los primeros españoles que se consideren tan distintos del resto como para proclamar su independencia. Vistos desde Invernalia, los catalanes no parecen muy distintos del resto de peninsulares norteños. Tienen su propio idioma, y su propia cultura, y al Barça como ejército desarmado que les va ganando las batallas de la identidad, pero en cuestiones de carácter, de idiosincrasia, un habitante de Tarragona y uno de León podrían intercambiarse los papeles y no sentirse extraños entre el nuevo paisanaje. Los andaluces, en cambio, vistos desde la distancia de dos mesetas interminables, sí que parecen habitantes de un país diferente. La dominación secular de los musulmanes forjó allí un modo de ser diferente y difícilmente exportable. Más arriba del Tajo, la morisma sólo se aventuraba en la rapiña; más arriba del Duero, apenas quedan vestigios de su presencia. Para bien o para mal, nosotros, los del norte, seguimos siendo unos visigodos de tomo y lomo.



            Ni mejores ni peores, los andaluces parecen regirse por una filosofía distinta de la vida. Uno recuerda, de los tiempos que vivió en Toledo e hizo amistad con gentes de Granada igualmente exiliadas, que a veces coincidíamos con Los Morancos puestos en la televisión, y mientras ellos se partían el culo de risa, uno, desde su pose de castellano viejo y adusto, les miraba con cara de palo sin comprender nada. "Hostia, tú, es que lo clavan", me decían seseando o ceceando, que ya no me acuerdo. Los Morancos clavaban la idiosincrasia, claro, pero es que yo, esa idiosincrasia, jamás la vi en mi terruño de Invernalia. Los Morancos, para mí, eran como humoristas venidos de otro planeta que contaran y parodiaran las cosas particulares de allí. Del mismo modo, mis amigos, con los ojos inundados por la descojonación, me miraban sin entender mi sonrisilla claramente forzada, mi indiferencia septentrional por el humor incuestionable de Omaíta y demás fauna del vecindario. Ahí empecé a comprender que siendo compatriotas del mismo pasaporte, pertenecíamos, en realidad, a dos países muy distintos. Lo de Los Morancos, obviamente, sólo es una anécdota que yo cuento aquí para hacerme entender. Pero ustedes, que los conocen, y que también conocen las aventuras y desventuras de Carmina, me entienden.


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