Apocalypse now

Llegan las ocho de la tarde y no me veo capaz de llegar al final del día. Un cansancio que no sentía desde hace meses se apodera de mis músculos y me hace razonar cosas disparatadas. Los fantasmas se cuelan bajo la puerta aprovechando que esta semana he dormido menos, que he descuidado el ejercicio, que ha regresado el tedio de las jornadas laborales. Vuelvo a ser el funcionario que llega a casa no cansado, porque eso es en la mina, o en la obra, pero sí mal dormido, mal encarado, con la libertad del verano esfumada en jirones de niebla coloreados. Y eso que ya no hace calor, y que las nubes alivian de vez en cuando esta puta insolación, ejerciendo de sombrillas las más blancas, o de regaderas, las más oscuras, que son mis grandes amigas del alma. Benditos sean los cielos encapotados, y los fríos venideros, que me librarán de esta tortura tropical, de este microclima de los cojones que vive instalado en los cielos como un OVNI portador de la catástrofe.



Son las ocho y desearía no seguir despierto, apagarme como hacía C3PO cuando quería refrescarse los circuitos. Pero no quiero dormir, tampoco. Aún me quedan cuatro, cinco horas de vida, y ya soy demasiado mayor para desperdiciar estos ratos concedidos. En el fondo estoy sano, no me duele nada, no puedo quejarme de una vida que otros menos afortunados soñarían para sí mismos. No quiero, además, tumbarme en la cama para dejarme atrapar por unos sueños que esta semana se han vuelto muy maniáticos, muy pesados, devolviéndome a los seres queridos con los rostros desfigurados y a los seres odiados con todo lujo de detalles. Mis sueños han pasado de ser un juego agradable a convertirse en un espectáculo triste y muy poco recomendable. Podría leer, pero me dormiría; podría venir al ordenador, pero me dejaría la vista; podría hacer vida social, en el bar del pueblo, pero la depresión se haría más profunda y enrevesada. Así que sólo me queda el cine. Paso el dedo índice por la estantería de los DVDs buscando una película larga, larguísima, de contenidos densos que me dejen noqueado en el sofá, no del todo vivo, pero tampoco del todo muerto.  Apocalypse Now… La he visto cuatro o cinco veces, pero eso no importa. Leo en la carátula que la versión del director se va a las tres horas y media de metraje, y eso es justo lo que necesitaba. Con eso, con la cena, con las interrupciones, y con las abluciones obligadas antes de ir a dormir, sobreviviré a este día que nació torcido y que quizás acabe en un gran éxtasis cinéfilo. Siento, además, antes de poner la película y abandonar este cuerpo derrengado, una afinidad existencial con el capitán Willard. Yo también estaba de vacaciones antes de embarcarme en esta nueva misión de la guerra contra los niños. Yo también he de remontar el río de los meses para adentrarme en una selva donde se esconden, agazapados y peligrosos, los enemigos que me acechan: el hastío, la gordura, la mala salud, la disolución progresiva del sistema nervioso. Yo no voy en busca del coronel Kurtz, pero también me espera el horror de diez meses vacíos que nada aportarán, y nada me aportarán. El horror, el horror…





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