Antes del anochecer

El personaje de Julie Delpy en Antes del anochecer se ha convertido, como nos temíamos, en una arpía cuarentona y venenosa. Las arrugas que nueve años atrás se le formaban en la frente cuando forzaba las expresiones, ahora ya son permanentes y profundas, como surcos en el huerto donde cultiva su plantas carnívoras. Los expertos dicen que es la falta del colágeno, pero lo que asoma en realidad es el alma podrida, que se apodera de las facciones. En sus discusiones con Jesse se ha vuelto vitriólica e hiriente. Ahora que ya tiene dos hijas, y que su deseo sexual se enciende sólo una vez cada mes, el hombre del pene enhiesto se ha convertido en un estorbo, en un fastidio cotidiano. Ha tardado dieciocho años en comprender que la verborrea de Jesse sólo era la triquiñuela del macho que se pavonea. Una estrategia evolutiva que iba  ablandando su voluntad durante el día para luego acceder a su coño por la noche. Ahora que lo ha visto claro, su compañero le parece un fantoche con muy poca gracia, que sólo dice majaderías y cosas sin sentido. Le dice que ya no le quiere, que el tiempo pasa, que los sentimientos se transforman, pero en realidad ya no soporta esa polla cotidiana que busca adentrarse en la cueva de acceso restringido.



             Julie Delpy, la actriz, ha envejecido en estos nueve años lo que no envejeció en los nueve anteriores. Las dimisiones de su cuerpo han tenido que multiplicarse por dos para ponerse al día con el calendario. Las encías, que yo temía retraídas y roñosas, permanecen estables y sonrosadas, y mantienen intacto el deseo de seguir besando a tan hermosa mujer. Pero el resto de sus facciones, y de sus molduras corporales, batalla duramente por mantenerse en pie, cediendo terreno en algunas colinas estratégicas. Ocurre, además, que Antes del anochecer transcurre en el paisaje de  la costa griega, y luz del verano mediterráneo todo lo enseña y todo lo descubre, embelleciendo las juventudes y delatando las decadencias. Y así, expuesta al escrutinio inmisericorde de los fotones, sin las armas del maquillaje o de las penumbras, Julie Delpy se nos muestra tal como es, por fin terrenal e imperfecta. Sigue siendo, no obstante, una mujer muy hermosa, hermosérrima, como cantaba Javier Krahe, porque quien tuvo retuvo, y a su edad provecta de los cuarenta y pico años, otras ya se han retirado a los cuarteles de invierno para lamerse las heridas.



            El resto de la película, para quienes venían aquí buscando un análisis profundo de los diálogos, es pura cháchara que los cuarentones y vecinos de más arriba nos sabemos de pe a pa. Lo que dicen Jesse y Celine es enjundioso e interesante, no voy a negarlo, pero uno ya no está para estas sesiones de introspección. Las verdades incómodas viven encerradas en un almacén donde no pueden verse ni oírse, y estos dos plastas no hacen más que entrar allí, a revolver los trastos, como niños malcriados. Seinfeld y sus amigos, sin ir más lejos, vienen a contarnos la misma tragedia sentimental del hombre moderno, pero lo hacen con ironía, con esperpento, porque la misma vida, al final, es un sainete muy poco trascendente. Jesse y Celine son tan francos y directos que sólo pueden provocar el recelo, y el bostezo. Profesores pelmazos subidos a la tarima. En aquellas fiestas nocturnas que montaba Jep Gambardella en su terraza de Roma, Jesse y Celine serían expulsados al cuarto de hora de parloteo. A ningún decadente le gusta que le anden recordando su decadencia. El fin del amor, la pérdida de facultades, el alejamiento de los hijos... Riámonos de la vida y hablemos de fútbol, y de hermosas mujeres.


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