Turistas en mi playa

Movido por la curiosidad, y por el ego herido de tener tan pocos lectores, entro en el apartado “Estadísticas” de mi propio blog y allí encuentro, en “palabras claves de búsqueda”, con la razón última que explica mi alejamiento de los círculos intelectuales, de las tertulias cinéfilas que habrían hecho de mí un crítico respetado, un diarista de alcances literarios. Mis lectores –que ni siquiera son tales, sino navegantes del porno o del despiste-, introducen términos confusos o indecentes en sus cartas náuticas y terminan varando en mi playa por error. Cuando llegan aquí leen el encabezado, las primeras líneas de la última entrada, y huyen despavoridos levando anclas a toda hostia, sin hacer acopio de agua o de cocos, que yo, en mi generosidad, ofrezco gratuitamente y en grandes cantidades. A algunos, los pocos que parecen cinéfilos de verdad, los echo de menos porque escriben cosas tales como “qué grande es el cine dies irae”, dando a entender que buscan sesudos debates sobre Dreyer, o teclean “gordo cabrón”, que quiero entender que no soy yo mismo, gordo y cabrón efectivamente, y que no me buscan las cosquillas para insultarme y retarme a duelo, sino que andan detrás del mítico personaje de Austin Powers, un gordo cabrón llamado Gordo Cabrón, y que quieren divertirse un rato rememorando los chistes gruesos y las cerdadas históricas. De otros turistas ignoro qué coño buscan cuando introducen cosas como “espíritu santo striper” (sic), o “inocente películas eróticas” (sic, también). Me la sopla que estos marineros se queden o no en mi playa, mientras no molesten. No sé de qué iba a hablar con ellos, pero agradezco, al menos, que hagan bulto para atraer a los clientes de otros barcos, como parroquianos del bar del pueblo que lo hacen más cálido y amigable.





            Hay otros barcos, por último, de los que me alegra su rápida marcha, su huida escopetada hacia otras islas del vicio o del descojone. Me alegro de que sólo fondeen en la lejanía de mi paisaje. Tipos –porque tienen que ser tipos- que teclean cosas tales como “niños gays pichaloca”, o “niños gordos gays”. O son adolescentes que andan por ahí de cuchipanda, haciendo el tontaina por la red como yo mismo lo hubiese hecho a su edad, o son indeseables que tal vez habría que denunciar a las autoridades. Nada hay en este blog que pueda interesarles, pero recalan en esta costa porque soy muy dado al lenguaje soez, a la bromilla de mal gusto, a la guarrería camuflada de inocente literatura, y claro, se me pegan, y me confunden, y me buscan para que les haga de gurú sentimental de sus bajezas. Quizá ven, en la foto de cabecera, al profesor Keating leyendo poesía a sus alumnos y se piensan que esto va de pederastia camuflada, de porno ilegal ambientado en las aulas de un instituto. Carpe diem y dame por el culo. Muy desnortados llegan, y muy decepcionados se van. Por mí, como si no vuelven nunca. Pero que dejen algún comentario en la casilla correspondiente, eso sí. Hay veces, en este blog desértico y desolado, que mataría por discutir con cualquiera, de cine, o de sus psicopatías, lo mismo me da.


5 comentarios:

  1. Te leo (no religiosamente). A veces te cascas entradas muy buenas.

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  2. Te he descubierto hace poco y te leo con fruición y en dos capas; lo actual y lo antiguo, eres un crack, no te dejes!

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  3. Pues gracias, hombre, u hombres, que no sé si sois dos o uno solo de apellido compuesto y muy aristocrático.

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  4. Lamentable descuido el mío, Por hacer un chiste estúpido ni me tomé la molestia de pulsar en el link de vuestro nombre. Mi majaderismo baja un nuevo escalón.

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