Taxi driver. Bici driver

En Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind cuenta que el guión de Taxi Driver no es una cosa demencial que se le ocurriera Paul Schrader en la resaca de una mala borrachera, o de un mal desamor. Que es, realmente, el autorretrato de su propia misantropía, de su propio alejamiento cabreado del mundo. Hundido en la ciénaga de una depresión personal, Schrader se pasó semanas sin ver a ningún amigo, alimentando paranoias de una sociedad podrida, acariciando armas en la penumbra de un apartamento cochambroso de Los Ángeles. A veces, para cambiar de penumbra, se metía en los cines porno de su barrio, quizá para regodearse en la inmundicia del mundo, quizá para aliviarse sanamente de las tensiones y las malas posturas. Quién sabe. En esa época, para no morir de hambre, Schrader trabajaba de repartidor en una cadena de restaurantes del pollo frito. La empresa sería KFC, supongo yo, pero uno, mientras leía la anécdota, imaginaba que Schrader trabajaba para Los Pollos Hermanos, y que transportaba bidones de grasa con los ingredientes necesarios para que Walter White cocinara su droga cristalina. Un cruce de cables, ustedes me perdonen. Mientras repartía el pollo a los clientes, Schrader, como el Travis Bickle de Taxi Driver, vagaba por la ciudad cagándose en todo, imaginando venganzas, señalando con el dedo a los cuatro o cinco habitantes de Sodoma que iba a salvar de la destrucción total, del mismo modo que Yahvé salvo al virtuoso Lot con toda su familia.



            El anacoreta que escribe estos diarios se siente lejanamente identificado con los avatares vitales de Paul Bickle, o de Travis Schrader, que vienen a ser casi el mismo personaje, salvo en lo del tiroteo final, y en lo del pelo cortado a lo mohicano. Y digo lejanamente porque uno, a diferencia de ellos, es un misántropo pacífico, jovial, que vive encerrado en una habitación donde entra el sol por las mañanas y cantan los pajaruelos en el alféizar. No tengo armas de fuego, ni carnet de conducir, ni descuento de socio en el cine porno del pueblo, porque el sexo de los voyeurs, cuarenta años después, ya viene integrado en las mismas pantallas donde se escribe, al alcance de dos teclas y de un par de ganas. En realidad soy más tímido que misántropo, más pasota que beligerante. A mí lo que me pasa es que vivo fuera de contexto, en un pueblo de gentes agrícolas que nada saben de las películas o de las series. Les hablas de películas y sólo conocen las de John Wayne, y con los títulos mal recordados; les hablas de series y sólo recuerdan la muerte de Chanquete, o el sonsonete de Bonanza. Aquí están a la uva, a la patata, a la lechuga, alimentos que mi gordosidad añora y desprecia al mismo tiempo. No hay tertulia posible de mis cosas. Y mis cosas son el cine, y el snooker, que ya ves tú, como un alienígena de Ganímedes. Sólo este amigo de la memoria indecente, que a veces traigo a colación en el diario, y que ni siquiera vive en el pueblo, viene a rescatarme cada domingo del ostracismo, del monasterio cartujo en el que moro silencioso y me consumo.




       Mi película, si la escribiera, sería Bici Driver, la historia de un excombatiente de los grandes cines de Madrid que por motivos de trabajo ha de regresar a Invernalia, a ganarse el pan, y se instala en un hortofrutícola villorrio donde las gentes son amables pero extrañas, cercanas para comulgantes de otra religión. Mi personaje se mueve por el pueblo en bicicleta para hacer las compras, para estirar las piernas, para socializarse en los bares, y en los recorridos observa las aceras como un Travis Bickle más gordo y desafeitado. Aquí no hay proxenetas en las esquinas, pero sí algunos garrulos de habla ininteligible que maltratan a los perros y dicen “cagondiós” a todas horas; no hay drogadictos de los barrios bajos que me tiren huevos podridos al pasar, pero sí conductores incívicos que ven una bicicleta y piensan que uno es marica, o ecologista, o progre de la ciudad, y te buscan las cosquillas, y las costillas, y están a punto de tirarte al suelo en cada gracia que se les ocurre; tampoco hay prostitutas adolescentes a las que salvar, ni rubias preciosas como Cybill Shepherd a las que enamorar, pero sí hay mucha bruja, mucha arpía, alguna mujer preciosa que ya vive encerrada en su gran chalet con piscina y maromo musculoso en la garita. No odio a la gente de este pueblo, como Travis odiaba a todos los neoyorquinos salvo a Iris, pero me siento extranjero, diferente, señalado por dedos invisibles. A veces, en las tertulias con los lugareños, alguien abandona el sempiterno asunto de las lluvias y las cosechas y me pregunta, para congraciarse, o para hacerse el gracioso, por el título de alguna película.

- Are you talking to me? –le respondo con cara de sorprendido, un poco de medio lado, imitando la voz psicótica de Robert de Niro. Nadie me entiende, claro, y la pregunta queda flotando en el aire como una polilla de la ropa. El silencio se vuelve espeso. Ni ellos me preguntan ni yo me tomo la molestia de explicarles. Para qué… Tardan meses, y años, en volver a considerarme.


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