Prisioneros

Me restan diez minutos para terminar la película del día, y un amigo –el de la memoria indecente y prodigiosa-  llama por teléfono.
- Estoy viendo una película cojonuda que se titula Prisioneros –le digo para retrasar nuestra cita en la terraza de verano.
- ¿Prisioneros? No me suena… ¿De qué va?
- De unas niñas que son secuestradas, del policía que investiga el caso y de los padres que buscan justicia por su cuenta.
- Hostia, vaya rollo… Suena a culebrón de Antena 3 a la hora de la siesta.
- No, qué va. Esta es… distinta. Es que el secuestro… Y los sospechosos… No es lo que parece, como en los chistes.
            Uno iba explicarle, pero se quedó sin palabras. Lo cierto es que Prisioneros, así contada, en una sinopsis de revista de cine o en un coloquio de amigos, suena a película mil veces vista, a marujeo de sobremesa, a TV movie de bajo presupuesto y actores lamentables. Una trama como ésta la hemos visto decenas de veces, seduciendo nuestros bajos instintos. Yo quería decirle a mi amigo que Prisioneros era… retorcida, esquiva, afilada como un vidrio roto. Que su director no es un tipo cualquiera, sino Denis Villeneuve, un canadiense que en este blog ya tiene título nobiliario por haber dirigido Maelström, aquella película en la que salía Marie-Josée Croze desnuda, y que uno buscó incansablemente durante meses, porque estaba muy enamorado de ella. No sólo de su carne, sino también de sus ojos tristes, de su belleza afrancesada. Maeslström nació en estos escritos como un deseo erótico inconfesable, y luego resultó ser un dramón muy estimable, de mujer al borde del precipicio y visión en tonos grises de la vida. Poco antes, Villeneuve había visitado el festival canadiense de mi televisor con Incendies, un culebrón de hijos perdidos y madres  torturadas que en aquel entonces me causó una gratísima impresión, pero que ahora, para mi fastidio, y también para mi sospecha, no soy capaz de rescatar de la memoria.




Iba a contarle a mi amigo todo esto, para que entendiera que una película de Villeneuve no es cualquier cosa, y que en Prisioneros se estaba superando a sí mismo, con una trama oscura, perversa, de gentes inclasificables y amaneceres lluviosos. Un True Detective en el que vuelve a respirarse el mal en cada plano, en cada paisaje, como si los psicópatas y los pederastas sólo fueran el brazo ejecutor del mismísimo Demonio, instalado en el sur de Estados Unidos para anunciar el fin de los tiempos, o para pasar un fin de semana haciendo travesuras en el territorio de los piadosos, sólo por joder. Prisioneros, como su serie hermana, se vuelve irrespirable en algunas escenas. Hay momentos en que uno, que se ufana de ser veterano de mil desventuras, prefiere no mirar la pantalla. No por repugnancia, ni por miedo, sino por algo mucho más básico: la constatación de que el Mal existe. No, obviamente, como un efluvio de los infiernos, como una mancha de mierda en el alma, sino como una tara genética en los seres humanos, una que se complace en matar por matar, en hacer daño por hacer daño, sólo por placer, por arrogancia, por tener la mente enlodada en creencias estúpidas sobre el más allá. Prisioneros es de esas películas que también huelen, que también se palpan, como si ya no hubiera pantallas ni divisiones. Todo esto me pasó por la cabeza en un segundo, para justificar mi pésima educación de mal amigo, uno que se hace esperar y antepone el cine a la conversación. Pero era un discurso demasiado largo, y demasiado apegado a mis propias obsesiones, así que concerté una hora próxima y apreté rápidamente el play para retomar los personajes, conocer el final… y salir del laberinto.


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