Oh, capitán, mi capitán

           Se ha suicidado, harto de la vida y de sí mismo, Robin Williams.
He querido poner un crespón negro en el encabezado de este blog, a modo de sentido y triste homenaje, pero mi sapiencia informática no alcanza para tanto. Hay una cosa que se llama código HTML que sólo de mirarla ya me mareo. Letras, cifras, símbolos rarísimos que insertados no sé dónde obran el milagro de los textos y los dibujos. Haría falta una carrera superior para insertar el crespón sobre la imagen ya melancólica del profesor Keating. Así que tendré que volcar mis condolencias en el texto, en el panegírico, donde soy un escribano torpe y mal entrenado. No me queda otra: ustedes que han llegado hasta aquí comprenderán, con sólo echar un vistazo, que Robin Williams, en este humilde blog de provincias, era mentor y bandera, referente y maestro.



En la web de El País han colocado diez cortes elegidos de Robin Williams, y cuando he llegado a El club de los poetas muertos, allí donde hacía la imitación de Marlon Brando para regocijo de sus alumnos, un escalofrío no de llanto, pero sí de pena, me ha subido por la espina dorsal y ha intentado extraerme las lagrimillas resecas y orgullosas. El profesor Keating preside estos escritos donde los cinéfilos vivos y muertos se congregan al calorcillo de las películas. Y no es por casualidad: Keating, en aquellos diecisiete años míos tan estúpidos y cegaratos, tan despistados e incongruentes, me recordó el imperativo vital del carpe diem; me hizo subir a la mesa para tomar perspectiva de la vida; me enseñó a desconfiar de los libros y me animó a pensar por mí mismo. Keating no me hizo más sabio, ni más provechoso, porque lo que natura no da Salamanca no lo presta, pero al menos me enseñó el camino, me ubicó en el mapa, me hizo comprender la sustancia de la vida y de la muerte. Ya sé que no fue Robin Williams, sino su personaje, el que me enseñó tales cosas, pero yo los tengo confundidos en el recuerdo, y por mí tanto monta, monta tanto. El profesor Keating, además, hablaba con tal pasión y convencimiento, que uno da por seguro que el actor también participaba de ese ideario, de esa emoción. Qué irónico que el hombre que nos enseñó a vivir se haya decidido finalmente por la huida, por la no vida.

Camino en cubierta donde está mi capitán,
caído muerto y frío.


2 comentarios:

  1. Un poco sobrevalorado pero vamos dicen k poniendo voces era un crack su única interpretación recordable fue en el indomable se fue por la pertavde servicio despues de leer ampliación del campo de batalla se deprimió y paso no que paso en fin seymour hoffman era mucho mejor y le dedicaste 3 lineas

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    1. Es que después de leer "Ampliación del campo de batalla" se deprime cualquiera. Houellebecq es así. Y sí, tienes razón querid@ anónim@: al gran Hoffman sólo le dediqué tres líneas. Imperdonable por mi parte. Cosas así no suceden en los blogs serios. Es lo que hay.
      Gracias por tu comentario. Ya me siento menos solo en la inmensidad del ciberespacio.

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