Joven y bonita

Antes de ver la película, uno había visto fotos promocionales de Joven y bonita en las revistas de cine, en los foros de internet, y se había quedado prendado de la chica que allí se recostaba sobre las camas, seguramente la joven y bonita a la que el título se refiría. Una actriz guapa, joven, con ese algo chic que sólo poseen las mujeres francesas. Las francesas de las películas –porque francesas reales no conozco ninguna- tienen una forma especial de dejarte enamorado y hecho una piltrafa por las esquinas. Las eslavas te dejan noqueado con sus rasgos inigualables; las anglosajonas te dejan turulato con esa autoconfianza que exudan por los poros; las españolas, cuando besan, y cuando tienen afeitado el entrecejo, también tienen lo suyo, porque al menos entiendes lo que dicen y eso favorece la conversación y el acercamiento. Pero las francesas… ¡Ay, las francesas! Te miran así como despistadas mientras sonríen, y se colocan el gorrito típico para salir a la calle, y no es un puñetazo de amor lo que te derriba, sino una pluma de ave cantora que te hace cosquillas irresistibles en el alma, y ya no puedes aguantar un segundo sin rascarte, y firmar así tu sentencia de enamorado.




            Pero uno, por muy experto que sea en estos amores virtuales, no estaba preparado para recibir la belleza inexplicable de esta actriz llamada Marine Vacth. Una cosa es verla en las fotos fijas de las revistas, donde su hermosura ya es indecible y difícil de abarcar, y otra, muy distinta, contemplarla en el movimiento propio de su personaje, hablando, sonriendo, mirando… amando también. Marine es la mujer exacta que uno dibujó cien veces en sus fantasías más locas, y cien veces desechó por ser quimérica e imposible. Y sin embargo ahí estaba, en la película, hecha piel y carne desde mis bocetos, como si un dios travieso hubiese robado mi sueño y lo hubiera hecho carne a imagen y semejanza de mi deseo. Marine es tan terriblemente hermosa, tan dolorosamente perfecta, que uno, más que admiración, siente molestias y ganas de olvidar. Termina la película, que además es oscura e hipnótica, inclasificable y extraña, y uno, cuando viene al ordenador para saber más sobre Marine, prefiere no mirar las fotografías y centrarse únicamente en los textos. Uno quiere saber quién es, de dónde ha salido, a qué dedica el tiempo libre, pero no quiere volver a recaer en su belleza.  Porque me duele mirarla. Uno, a su lado, compartiendo tiempo y especie, se siente acomplejado, disminuido, perteneciente a un subgénero humanoide que finge los comportamientos de esta otra estirpe superior. Marine Vacth me inquieta y me subyuga. Y me deprime. 


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