El rey de la comedia

El rey de la comedia es una de las obras olvidadas de Martin Scorsese. Nunca sale en las retrospectivas, en los homenajes, en los documentales  que le dedican en la tele. Es como una película vergonzante en su filmografía, como un experimento que le salió mal y ha quedado guardado en el desván de los malos recuerdos, cogiendo polvo. A quien esto escribe, sin embargo, que por suerte o por desgracia casi siempre nada a contracorriente, El rey de la comedia le parece una película corrosiva, inquietante, de un trasfondo moral que da para alimentar varias tertulias con los amigos, y hasta un librito delgado de filosofía. Es una fábula sobre el éxito y la fama que no ha perdido ni un ápice de interés, ni un tantico de actualidad.



            Que ya no consigne mis amores en este diario no quiere decir que no me siga enamorando. Lo hago todos los días, como un adolescente enfermizo, de las bellas mujeres que se pasan por mi televisor. Lo que ocurre es que me volví redicho, repetitivo… cargante, y dejé de escribir esas poesías ridículas que antes les dedicaba. Ustedes, los cuatro gatos de siempre, me lo habrán agradecido. Hoy, sin embargo, me he visto obligado a consignar este nuevo amor que me aprieta la garganta y me estremece las entrañas. Ella es Shelley Hack, la actriz esbelta y guapísima que torea al pesado de Pupkin en las oficinas de la televisión. La estatura exacta, los pómulos soñados, la mirada gélida. El gesto altivo, las piernas esbeltas, el talle ajustado milagrosamente a estas manos que la desean desde la distancia de los kilómetros, desde la lejanía de los años…


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