El reino de los cielos

Hace unos años, en los cines-restaurantes de nuestra geografía, donde las gentes miran la pantalla mientras organizan los comestibles y rebuscan en los barriles de palomitas, se estrenó una versión de El reino de los cielos que duraba dos horas y pocos minutos. Incluso los más fanáticos defensores de Ridley Scott salimos decepcionados de la proyección. Esperábamos algo épico, grandioso, la gran película que nos aclarase el supremo pifostio de las Cruzadas. Sin embargo, el gran pifostio parecía ser el guión de la película, un enredo de personajes que entraban y salían de la pantalla sin dar muchas explicaciones al espectador. Un enorme lío de reyes, de barones, de guerreros, que lo mismo se batían en duelo que se estampaban sonoros besos de respeto.  Una trama que avanzaba a trompicones, como olvidándose cosas por el camino, como regresando a casa después de una gran resaca en las bodas de Canaán. Interpretando a Sibila de Jerusalén salía Eva Green, en la cúspide de su hermosura felina, y eso nos ponía mucho a los románticos y a los salidos del ancho mundo, pero su personaje era un dislate tal de emociones y comportamientos, que nuestra excitación hormonal se marchitaba ante la confusión insufrible de las meninges. Se le fue la pinza al bueno de Ridley, tuvimos que asumir los forofos.



            Hoy he descubierto, en este Blu Ray que compré hace poco en las rebajas, a un precio desorbitado que sólo pagan los fanáticos y los imbéciles como yo, que El reino de los cielos, en su versión primera y fetén, duraba algo más de tres horas, y que fueron los pérfidos productores y distribuidores, una vez más, los que convencieron a Ridley Scott a punta de pistola, y a fajos de mil dólares, para que cercenara su propia obra y nos la diera de comer regurgitada. Vista ahora, en su versión extendida – o mejor dicho, en su versión no disminuida-, uno entiende lo que entonces no entendió. Se hizo la luz sobre la Tierra Santa gracias a este rayico de color azul que trabaja en silencio dentro del aparato. Un milagro tecnológico de los dioses que sobrevivieron a tanto mandoble sobre el desierto. Ahora, en el Nuevo Testamento, los personajes de El reino de los cielos ya no parecen poseídos por la imbecilidad o por la locura, sino que, pérfidos o caballeros, villanos o bienhechores, dan a entender sus razones y actúan en consecuencia. Eva Green compone un personaje que ahora nos resulta juicioso, valiente, nada frívolo, y eso hace que nuestros amores cavernosos se aneguen de amor y de respeto.




            Termino de ver la película y acudo raudo a mi biblioteca, de la que me separan dos metros escasos que recorro a toda velocidad en mi silla de ordenador. Alguna caloría habrá caído en el esfuerzo, por mísera que sea. Allí languidece, sepultada por el polvo, la obra cumbre sobre las Cruzadas de Zoé Oldenbourg. Es un tocho imponente, de setecientas páginas, que recuerdo haber comprado en la opulencia de mis primeros sueldos, y haber leído en la exuberancia de mi juventud lectora. Paseo los ojos por sus páginas y es como si lo acabara de comprar. Como si hubiera soñado con una lectura que nunca se produjo. Horas de estudio se fueron por la cloaca; cientos de nombres y fechas se marcharon por el retrete nada más tirar de la cadena. Tardes enteras que pude haber dedicado a la gimnasia, a la búsqueda de mujeres, al cultivo provechoso de los champiñones, se quedaron finalmente en una sopa podrida de letras. Cerca de la página quinientos se narran los avatares reales que El reino de los cielos seguramente ha trastocado y versionado, en aras de su propia narración. Todos los personajes están aquí, en el tocho, firmando tratados y planeando traiciones: el rey leproso, Saladino, Balián de Ibelín… Los acontecimientos de la película abarcan sesenta páginas, que mañana mismo devoraré con la merienda. ¿Cuánto tiempo –ay-  tardaré en olvidarlo todo de nuevo?


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com