Cuando todo está perdido

Me ponen muy nervioso, películas como Cuando todo está perdido, la epopeya de un hombre solitario que sobrevive al hundimiento de su barco en medio del Océano Índico. Como si los dioses le hubiesen cogido una manía perruna a este intrépido navegante, llueven sobre él las zozobras, las tormentas, los estropicios electrónicos que le dejan incomunicado y a merced de las corrientes. Estos seres vengativos que se esconden tras las nubes, o que nadan bajo el vientre de los tiburones, lanzan sobre él las grandes olas, las eternas canículas, las pequeñas desgracias consecutivas que le van minando las fuerzas y la moral. Quizá no son los grandes dioses quienes juegan con él, sino los retoños divinos, que utilizan al marinero como a un Madelman de nuestra infancia para ir practicando las grandes putadas que luego, de mayores, infligirán a los hombres de mar y de tierra, del uno al otro confín.




Pero Robert Redford, que para eso es Robert Redford, siempre se las apaña para salir airoso, dejando jirones de salud en cada asalto, eso sí, instrumentos imprescindibles sobre las olas, víveres de primera necesidad hundidos sin remedio. Uno contempla a estos personajes de película superando las adversidades de la mar océana, como Tom Hanks en Náufrago, o  aquel chico hindú en La vida de Pi, y se pregunta, en el rinconcito de su sofá, apretujado contra el respaldo como si estuviera realmente resguardándose de las olas, cuántos minutos –no días, ni semanas- habría tardado en sucumbir a la primera desgracia, ahogadito en el mar, incapaz de haber atado la cuerda salvadora, de haber inflado el bote salvavidas, de haber previsto un consumo racional de los alimentos, de haber conectado los mil cables de la radio, de haberse guiado por las estrellas en ese otro océano inextricable de los cielos. Uno, que nació alicorto y poco decido, más bien patoso y refractario a los saberes prácticos, no daría ni para media hora de película. La mía sería una comedia de humor negro, un mediometraje de aquellos de los de Charlot, metiendo la pata cada quince segundos exactos de guión, cayendo, resbalando, metiendo los dedos estúpidos donde nadie los metería. Un descojone para el espectador de provincias que no se creería tanta torpeza resumida en un ser humano hecho y derecho. Uno, en la comedia,  moriría cagándose en todo y cagándose por la pata abajo, paralizado por el pánico y atenazado por la presión. Como dice el gran Berto Romero, mis cinco dedos de cada mano no son tales, sino salchichas fofas recién sacadas del paquete. No hay tendones, ni falanges, ni nervios que organicen tal despropósito: sólo carne informe, blandengue, que no sabe asir ni sostener, atar ni percutir. Lo mío son los picaportes, el botón de la cafetera, el mando a distancia... Tengo que abrir una lata de espárragos a la vieja usanza, con el abrelatas diminuto y mal afilado, y ya sufro y me endemonio y me hago cortes por doquier, y maldigo tales barbaridades en voz alta que los vecinos se agolpan bajo mi ventana para gozar del espectáculo. Un cine de verano que les ha salido gratis. Qué haría uno perdido en el mar con un balandro que va deshaciéndose en cada embate de las olas... Cuánta vela, cuanta cuerda, cuánta carta marinera... Cuanto cachivache para la salvación del cuerpo y del alma. Al paso del primer buque mercante que pudiera rescatarme, encendería del revés la primera bengala de salvamento y me haría un agujero definitivo en el casco…


2 comentarios:

  1. Todo está perdido... eso pienso cuando me topo con los límites de mi capacidad internáutica y soy incapaz de encontrar en su blog una sola referencia a Christina Hendricks.

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  2. Es imperdonable, sí, y eso que Mad Men es una de las series de cabecera. Pero este blog es muy pequeño, y Cristina -y sobre todo sus cristinas- demasiado grande. No puedo, además, improvisar una alabanza a vuela pluma, porque este blog sigue estrictamente los derroteros de lo que voy viendo. Cuando llegue septiembre, y empiece con la 7ª temporada de Cristina y sus muchachos, prometo, en honor a tan nobles lectores, componer un canto al amor y a la vida. Y a los pechos, claro.

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