Capricornio Uno

Uno tiene, desde niño, porque siempre lo escuchó en casa, y luego lo razonó de mayor en las películas, la convicción de que el hombre nunca llegó a pisar la Luna. Sé que ahora está de moda hacerse el incrédulo, el conspiranoico, que vende mucho entre las mujeres guapas hacerse el descreído. Uno parece más culto, más inquieto, más inteligente, y ellas, que no saben ni de qué va la vaina, caen rendidas a sus pies peludos. Pero yo, les aseguro, estaba mucho antes que estos advenedizos en la cola de la militancia: cuando allí sólo había mujeres feas, y la gente nos miraba como si estuviéramos locos, o nos hubiéramos fumado un porro.
En este club de renegados estamos convencidos de que los americanos, rezagados en la carrera espacial, dieron un golpe ficticio que hizo callar las carcajadas de todos los rojos del mundo. Había que poner un hombre en la Luna a toda costa, con la bandera de los Estados Unidos bien visible en las televisiones. Y si no podía ser en la Luna, en un paisaje parecido, construido por los de Hollywood. Nadie había estado allí jamás, así que había margen de sobra para la improvisación. Qué sabía ningún humano de las rocas, del polvo, del color verdadero de los paisajes. Es aquí donde los miembros del club nos dividimos en dos bandos: los que pensamos que alguien de la NASA vio la Base Clavius en 2001 y pensó: “Hostia, nen, aquí tenemos nuestra Luna”, y los que piensan, herejes, que todo en 2001 fue un ensayo general para el gran engaño, y que la filosofía existencial del Monolito sólo fue un mcguffin que permitió a Kubrick experimentar con las texturas del espacio. Unos piensan que fue el huevo antes que la gallina, y otros que al revés, pero todos compartimos la misma tortilla, o el mismo caldo, que los mismo da. Y ya sé, sabihondo lector, enterada lectora, que circula por ahí un mockumentary que se ríe de nosotros, uno que se titula Operación Luna  en el que salen altísimos cargos de la administración americana confesando que sí, que contrataron a Kubrick para realizar el montaje, y que no querían morirse con el peso tremendo de la mentira. Los mismos tiparracos –Kissinger, Rumsfeld- que minutos más tarde, en los títulos de crédito, se ríen a mandíbula batiente de los crédulos que picaron el anzuelo. Pero fueron pocos, muy pocos, los alegres pececillos que mordieron su truco agusanado. Los más veteranos de esta resistencia silenciosa ya sabíamos que Operación Luna era una maniobra de contrainformación. Una burda trampa para desacreditarnos ante la opinión pública y presentarnos como unos fantoches. A nosotros, con ese hueso.



Cuento todo esto porque hoy, recuperando una película de mi niñez, origen quizá de esta incredulidad astronáutica, he visto Capricornio Uno, película que narra un engaño muy parecido al cometido en 1969, pero esta vez con el planeta Marte como objetivo. Aquí no es la presión de los soviéticos la que empuja a los malvados, porque han pasado diez años desde el paseo lunar de Neil Armstrong, y los rusos ya han dado por perdida la carrera espacial. Ahora su máxima preocupación es abastecer las tiendas, combatir el frío, embotellar el vodka, y luego, con lo que poco que sobre, ir construyendo la estación espacial MIR. Los malosos de Capricornio Uno son altos funcionarios de la NASA que no quieren perder las grandes inversiones del gobierno. La Luna, en los años setenta, se había convertido en un parque de atracciones familiar, sin gancho publicitario en las retransmisiones por televisión. La audiencia ya se aburría de ver tanto Apolo alunizando y tanto astronauta dando botes a cámara lenta.  Y varios altos cargos se estaban quedando sin el momio que generaba el espectáculo. Había que dar otro golpe para rescatar la atención del público, y qué mejor producto que Marte, el planeta rojo, no de comunistas, sino del óxido de hierro, tan fácilmente reproducible en un estudio de televisión con polvo de ladrillo en el suelo y pinceladas ocre en los cielos. Capricornio Uno es una ficción entretenida, comestible, algo envejecida, que nos toca el brazo con su dedo para chistarnos: “Non e vero, ma e ben trovato”.


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