Bienvenido Mr. Chance

Bienvenido Mr. Chance cuenta la historia de un autista analfabeto que llega a ser, por el azar de la casualidad, asesor económico del presidente de los Estados Unidos, y candidato, él mismo, a la futura presidencia. Antes de alcanzar la fama mediática, Chance era el jardinero de una gran mansión que, al morir su patrón, es expulsado a las calles de Washington con sólo una maleta por equipaje. A sus cincuenta y tantos años, Chance jamás ha pisado el mundo real, siempre preservado del ridículo o de la ignominia familiar. Todo lo que sabe de la vida lo ha aprendido a través de la televisión, zapeando compulsivamente. Chance es un panoli que no distingue la realidad de la ficción, que responde a cualquier pregunta hablando de raíces, de flores, de la caída de las hojas, los únicos asuntos que en realidad comprende y maneja. 
    Acogido en la casa de un asesor presidencial, los políticos confundirán a Chauncey con un sabio capaz de resumir, en bellísimas metáforas, la esencia pura de la economía. Descubrirán, boquiabiertos, que hay un paralelismo muy fructífero entre el trabajo de un gobernante y el de un jardinero. Hay estaciones donde se trabaja y otras donde se recoge el fruto; hay que sembrar para recoger, hay que ser pacientes y cuidadosos, hay que mimar la tierra sagrada que nos sustenta. Hay que regar el tejido industrial, abonar las inversiones, podar las empresas maltrechas... Gobernar un gran país es como cuidar un gran jardín, oficios de la misma naturaleza que exigen de quienes los ejercen una rara habilidad de cirujanos, y una santa paciencia de patriarcas bíblicos. Mirarán embobados a Chauncey Gardener sin saber que el bobo, realmente, es él, incapaz de distinguir un billete de dólar de un billete falso del Monopoly.



            Jerzy Kosinski, el autor del guión, quiso reírse del lenguaje hueco de los políticos, de su rara habilidad para hablar y hablar sin decir nada. Chauncey Gardener viene a ser la quintaesencia del político ignorante y simplón, tan sólo una leve exageración del prototipo al que solemos confiar nuestro voto y nuestras ilusiones. Nuestros políticos, lo mismo aquí que allá, lo mismo ahora que hace tres décadas, viven de pronunciar discursos que son un ejercicio sobre la nada, una disquisición sobre el vacío, una aportación sobre la perogrullez. Pero Bienvenido Mr. Chance no es sólo una sátira sobre los gobernantes: también nos advierte de que hay personas que, como Chauncey Gardener, han sido abducidas por el televisor y han perdido el contacto necesario con la realidad. Como aquella ama de casa drogadicta de Réquiem por un sueño. Como uno mismo, si me apuran, que ya pasa más tiempo al otro lado del televisor que en este otro tan soso y decepcionante. Chauncey también es la caricatura exagerada –pero sólo un poco exagerada- de los dimisionarios de la vida que hemos aprendido lo importante a través de las películas: abrir una cuenta en el banco, situar los labios vaginales, manejar con soltura la espada láser.

Uno sale a la calle después de haber visto una película y tarda varios minutos, a veces varias horas, en darse cuenta de que esto que huele y suena y te toca la espalda ya no es cine, sino tránsito de real de personas que lo miran a uno como con pena, o como con burla.  No me cuesta trabajo traspasar la puerta que conduce a las películas, pero luego, al salir del encantamiento, sufro una inercia mental que me impide conectar con el mundo. Soy como Mr. Chance cuando paseaba por las calles de Washington, armado con un mando para cambiar de canal cuando no le gustaba el paisaje o el paisanaje. Yo, como él, tardo mucho tiempo  en comprender que la vida es un canal fijo, innegociable, aburridísimo la mayoría de las veces. Como la Televisión Española de mi infancia, cuando ni siquiera cogíamos el UHF…


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