Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Vivir es fácil con los ojos cerrados es el homenaje de David Trueba a los españoles anónimos que resistieron  los años del franquismo. A los que se iban cagando en todo entre dientes; a los que obedecían a la Guardia Civil mientras hacían una peineta dentro del bolsillo; a los que veían en la tele al Generalísimo y soltaban un improperio que no se oyera al otro lado del tabique.



  Vivir es fácil con los ojos cerrados cuenta la historia de uno de estos antihéroes, de uno de estos silentes cabreados, que ve en la rebeldía juvenil de Los Beatles una oportunidad para el desahogo, para la apertura de conciencias, para la exaltación del inglés como lengua universal y útil. Seguramente no es la intención de David Trueba, pero uno ve un paralelismo entre aquellos resistentes al nacional-catolicismo y los que ahora resistimos los embates antisociales de nuestro gobierno, conformado, no lo olvidemos, por los nietos de aquellos mismos tipejos, carne de la misma carne insolidaria, sangre de la misma sangre sociopática, hueso del mismo hueso terrateniente y sacramental. “Resistiré los años de gobierno del PP” cantamos todos unidos alrededor del piano en El Intermedio, en aquella histórica noche de llantos y risas, de compadreos y negros nubarrones.




El mito de la Transición nos ha contado que España bullía de gentes díscolas y disconformes, odiantes anónimos del régimen. Pero es mentira. A la mayoría de los españoles se la traía al pairo que gobernara Franco o cualquier otro, mientras hubiera orden y limpieza, religión y sanas costumbres. Fútbol los domingos y toros televisados, sábado en sabadete  y comunistas peligrosos a buen recaudo en las cárceles. Lo que pasa es que los ancianos de ahora se ven obligados a decir que ellos, por supuesto, también fueron antifranquistas en la juventud, para quedar bien en las entrevistas y que nadie les mire mal en la familia. Todos cuentan las mismas trolas de que corrieron delante de los grises, de que acudieron a manifestaciones no permitidas, de que corearon himnos prohibidos en los campos de fútbol, de que tenían una diana en el sótano con la cara de Franco agujereada por los dardos. Son cosas que han oído de otros, pequeñas heroicidades que les vienen al pelo para quedar como dios en las entrevistas, y que nadie les pueda acusar de colaboracionismo, de conformismo, de aquiescencia bonachona con el estado de las cosas. Mienten, pero es comprensible que mientan. La verdad pura y dura -que en el fondo la dictadura les daba lo mismo, y que hasta agradecían que un gobierno fuerte soltara un par de hostias a los melenudos y a los maricones- sería ultrajante para ellos mismos. Y para el país entero, que se hizo demócrata de la noche a la mañana más por la moda que por la convicción, más por lo que veían en la tele que por lo que sentían en los corazones. No existe la conciencia ciudadana, el sentido cívico, la democracia en construcción. No al menos en este país. Todo eso no es más que poesía, que literatura retórica.  A nadie le interesa descubrir esa verdad de un país podrido hasta las entrañas, de una población anestesiada hasta la imbecilidad. De una sociedad que cuando Franco iba tan acojonada que iba dejando zurrapas en los calzoncillos y camisetas resudadas en las lavadoras. Hubo mucho miedo, mucha intoxicación, mucho pasota también. Tipos como el personaje de Javier Cámara en Vivir es fácil con los ojos cerrados, ese profesor de inglés arrinconado en un colegio de Albacete, eran héroes aislados, islas de rebeldía, ilustrados de verdad,.Buenos ciudadanos que no querían llevarse una hostia de la Benemérita, ni pasar una temporada en la cárcel, ni perder su puesto de trabajo en la España árida y pobre, pero que por dentro maldecían y lloraban. No querían ser héroes, pero no eran tontos. Ellos olían la hediondez, y caminaban a todos los sitios con cara de asco, y con sueños de cambio. Mientras los demás se dejaban llevar alegremente por la corriente, ellos chapoteaban a escondidas en sentido contrario, nadadores siempre a punto de ahogarse, torpes pero valientes, a su modo.


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