Veep. La hipocresía

Veep es la mejor sitcom actual de la televisión. Se lo recuerdo a los recién llegados, o a los que se olvidaron del asunto. 
            El segundo episodio de la tercera temporada, en el que Selina Meyer debe pronunciarse en el espinoso tema del aborto, es una obra maestra de la comedia política. Selina y sus asesores hacen equilibrios grotescos para no parecer demasiado conservadores ante las mujeres, ni demasiado liberales ante los lobbies religiosos. El cálculo electoral que vertebra los discursos te arranca una sonrisa enorme y retorcida. Lo mejor del asunto es que los guionistas no necesitan guionizar nada, sólo trasladar al papel, con una gracia infinita, lo que todos nos imaginamos que se dice tras aquellas bambalinas. Lo tragi-cómico de Veep es que ningún personaje parece una exageración o una caricatura. Los entresijos del Ala Oeste son tan verosímiles que parecen un documental rodado cámara en mano. Los tipos reales que asesoran al actual vicepresidente de los Estados Unidos quizá no sean tan lunáticos, tan serviles, tan estúpidos en ocasiones. Pero a buen seguro que son igual de trepas, igual de camaleónicos, igual de cínicos. Veep es comedia, pero también es retrato. Si te paras a pensarlo, ya no te ríes tanto.
            Selina Meyer habla en confianza a su asesor de campaña Ben Caffrey:

            “ Ya me gustaría a mí decir lo que pienso en esta campaña. ¿Te imaginas si yo hiciera eso? Misisipi está repleto de gilipollas, no me fío de los chinos y voy a decirles algo: no voy a poder aprobar ni una sola ley que suponga una puta diferencia en sus vidas”.



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