Ocho apellidos vascos

Horas después, todavía enamorado de esa casa en Farö que es el refugio exacto que yo sueño en mis fantasías demisántropo, veo, por fin, con un año de retraso respecto a mis compatriotas, Ocho apellidos vascos, la tan hablada, la  tan analizada, la tan reída en las plateas y tan tímidamente criticada en los medios. Es una mierduca de película –o mierduka, según el extremo peninsular donde nos deje el autocar-, pero te ríes un huevo, y a veces dos, con algunas ocurrencias del guión. Rebusco en las críticas y descubro que sólo un par de tipos a los que les da igual no parecer molones y modernos, a los que se la trae floja tirar piedras contra el negocio redondo del año, escribieron en su día que la película hace aguas por mil agujeros. Que está llena de trampas, de lagunas, de reacciones humanas incomprensibles. El resto de los opinadores calla, transige, se queda en el manido fenómeno sociológico que todo lo justifica. Quizá no se atreven a disentir. Quizá se han llevado un sobresueldo en la concordia pactada. Quizá, quién sabe, pues todo es posible en Granada, y en el País Vasco, les ha  gustado de verdad la película y anteponen la gracia y la frescura a los defectos tan evidentes. 

         Dentro de unos años, cuando un documental nos enseñe la mansión escondida de algún cineasta patrio, ya enterrado y desprovisto de su secreto en las tierras de Soria, descubriremos en sus estanterías el DVD de Ocho apellidos vascos, como una concesión al divertimento, al cine malo pero molón. El pecado inconfesable de los más puristas y exigentes. Yo mismo, cuando la regalen con el periódico dominical, la incrustaré entre las perlas más exquisitas del cine español, como una concesión a sus cuatro risas, a la belleza barriobajera de Clara Lago, al fenómeno sociológico de marras…



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