María Antonieta

La primera vez que vi María Antonieta, la película de Sofía Coppola, me llevé un cabreo monumental porque a los espectadores se nos hurtaba el final sanguinolento de esta gran pija que fue reina de Francia, o de esta gran reina que fue pija de Francia, lo mismo da. ¿Para qué hacer una película sobre María Antonieta si al final no se hace pedagogía de su vida? ¿Para qué meterse en estos perifollos de los cortesanos versallescos y sus bailes de disfraces si no es con la intención de ridiculizarlos, de ponerlos a parir, de sentir la conciencia de clase bullendo en nuestra sangre?  Diez años antes, en esa película olvidada que es Ridicule, Patrice Leconte nos había mostrado la maldad, el egoísmo, la estrechez de miras de estos personajes y personajas que sostenían el entramado del Antiguo Régimen. Frívolos, malévolos, supersticiosos, dañinos, indiferentes al sufrimiento de todo aquél que no perteneciera a su estirpe. Así era la nobleza –no muy diferente de la de ahora, condesas de Bornos incluidas- que Leconte retrataba sin piedad, con estilo refinado y puñetero. No se veían las guillotinas, que todavía estaban afilando en los talleres de la Revolución, pero uno deseaba que salieran a escena para poner un poco de orden entre tanto abuso y tanta majadería. Sofía Coppola, en cambio, en su película de vívidos colores y músicas del pop, se limitaba a filmar el dispendio, el privilegio, la vida disipada. Un videoclip sobre los borbones en el palacio de Versalles. No había intención crítica, ni propósito aleccionador, ni rastro de moraleja.




         Hoy que la he vuelto a ver, quizá porque me pilla de otro humor, quizá porque mis razonamientos han salido por otro lado, veleidosos y nunca congruentes, he comprendido el punto de vista de la hijísima de don Francis. ¿Quién era, después de todo, María Antonieta? Una niña alejada de la realidad que se cría en un palacio de Viena y a la que, con catorce años, envían a Francia para desposarse con el Delfín, tomando habitaciones en un palacio todavía más grande y luminoso. Una frívola educada en la frivolidad, una manirrota enseñada en el dispendio, una caprichosa consentida en todos sus deseos. Una reina de su tiempo que saltando de jardín en jardín jamás coincidió con un vasallo muerto de hambre, con una madre ajada de niño desnutrido. María Antonieta era una muñeca de carne y hueso preservada en sus castillos de jugar y reírse. Una pobre imbécil, o una pobre desinformada, según se mire. El primer hombre desdentado y sucio que vio en su vida lo conoció camino del cadalso, cuando ya era demasiado tarde para comprender, o para apiadarse de los menos afortunados. La plebe, jamás vista desde Versalles, era una raza aparte, una ganadería de humanos, un zoológico de pobres que ella nunca se atrevió a visitar por si manchaban, o por si mordían. La Revolución Francesa fue, desde el punto de vista de los aristócratas, de los curas, de los Borbones que se turnaban graciosamente la corona, como la rebelión de los monos en el Planeta de los Simios. La naturaleza vuelta del revés. El orden divino subvertido por los animales. El fin del mundo que luego no fue tal, para nuestro desconsuelo, sino un simple paréntesis en sus mangoneos y privilegios. La salida al campo de cuatro espontáneos a los que tardaron en coger, pero a los que luego soltaron hostias a base de bien. Y nos las siguen soltando. Otra vez. 


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