La noche se mueve

En el pueblo, en la terraza del bar, en la única tertulia cinéfila que existe en veinte kilómetros a la redonda, un amigo de prodigiosa memoria pervertida, recuerda, iluminado por un rayo repentino, a Melanie Griffith bañándose desnuda en una escena de La noche se mueve, esfuerzo policíaco de Arthur Penn que ya vaga perdido en los libros de historia.  Yo, que soy más joven que mi amigo, nunca he visto la película, pero la conozco de oídas porque en ella sale Gene Hackman diciendo aquello de “ver el cine de Rohmer es como ver crecer la hierba”, y ésta es una cita que utilizan mucho los que se meten con el venerable maestro, y con el cine francés en general, cuando no se cometen asesinatos ni rugen los coches en las  persecuciones. Allá ellos.



          La imagen de Melanie Griffith desnuda, al borde de la edad legal para el deseo, queda suspendida sobre mi cabeza el resto de la tertulia. La conversación viene y va sobre mil asuntos del cine y de la vida, pero Melanie y su chapuzón permanecen quietos como una nube geostática, cargada de electricidad y de promesas. Mitad curioso y mitad excitado, lo primero que hago al llegar a casa es buscar La noche se mueve en la jungla caribeña de los piratas. La película, por lo que se deduce de sus numerosas entradas, sigue teniendo su caché, su prestigio, su público fiel. Los muchos que se han reunido alrededor de ella quizá son gente veterana como mi amigo, que luchan por recobrar los momentos eróticos de su cinefilia, o quizá gente joven, que viene advertida del regalo carnal que se esconde en lo más profundo del metraje. Gracias a ellos, a los veteranos y a los noveles, consigo la película en el breve plazo de dos horas. Y allí está, en efecto, Melanie Griffith, en un papel secundario que se convirtió en primerísimo e histórico, enseñando su geografía corporal en planos cortísimos que son como atisbos, como visiones cercenadas del paraíso prohibido, alimentando el deseo muy poco edificante de los cuarentones como yo. El guión -para mi culpa, para mi gran culpa- atribuye al personaje una edad prohibitiva de dieciséis años. Primaveras, que no años, y además muy verdes y soleadas, perfumadas y exultantes. La vergüenza del deseo me empuja a buscar la verdad en internet: para mi alivio son diecisiete, que no dieciséis, los años auténticos de Melanie en La noche se mueve, que sigue siendo una edad ilegal, pero muy próxima ya al amor verdadero. Más confesable en este blog donde suelo desnudarme, pero nunca del todo.




            Rehecho de mi propia vergüenza, aprovecho la búsqueda en internet para confirmar otra edad que me está atormentando. El personaje de la madre de Melanie –al que la película atribuye cuarenta y tres años, sólo uno más que este cuerpo serrano despanzurrado en el sofá- está interpretado por una mujer de tetas caídas, culo flácido, habla incoherente y mirada de bruja. La actriz, pobre mujer, pues nada tengo contra ella, es una desconocida del mundillo llamada Janet Ward. ¿Esto es lo que me espera a partir de ahora? ¿Estas son mis coetáneas, mis compañeras de camino, mis objetivos sexuales del otoño caduco? ¿Las “alegrías” sexuales que me corresponden por edad y por méritos deportivos? Mejor sería la emasculación, la castración química, la vida anacoreta en una isla del Océano Índico. Siento que me falta el aire, que me abandona el ánimo, que se esfuma la exigua felicidad de este primer tramo de las vacaciones. Pero no son, gracias a los dioses, cuarenta y tres años los tacazos reales de la señora, sino cincuenta, y muy mal llevados por cierto. El destino, esta vez benevolente, me ha concedido otros siete años para soñar. Siete años de tregua antes de la decepción mayúscula, del destino irreversible.


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