Bienvenidos a Farewell-Gutmann

Mi cinefilia ha regresado de las vacaciones. Se perdió siete días en el lejano País de las Lluvias, caminando al borde de los acantilados, descubriendo paisajes verdísimos, disfrutando del sol tamizado por los nubarrones, y de las fabadas trasegadas con las sidras. Por el Norte no se ven las europeas que tiñen de amarillo las playas del Mediterráneo, y de verde la envidia de nuestros ojos. Pero sí hay mujeres autóctonas que están de muy buen ver, descendientes directas de los celtas, de los astures, de los intrépidos romanos que se atrevieron a hollar estos montes. Mi cinefilia también ha reposado en ellas, de soslayo, soñando con películas imposibles de amores casuales pero eternos. Como Katherine Hepburn en Locuras de verano, que también era una solitaria cuarentona que buscaba del solaz, el olvido, la aventura romántica. Pero ella al final pillaba cacho, porque su destino vacacional era Venecia, y en Venecia, nos ha jodido, eso es muy fácil de hacer, porque el marco es incomparable y todo se conjura para juntar los corazones necesitados: la góndola y el gondolero, el palacio y el canal, el canturreo italiano y el peso inmortal de la tradición. El País de las Lluvias también es romántico a su manera, pero las lluvias lo interrumpen todo a medio cocer, cuando las miradas ya se han cruzado varias veces y la palabra está a punto de entrar en escena. Cuando pasa la nube, el amor, que corrió en dirección contraria a refugiarse, se evapora como el agua de los charcos. En diez minutos ya no queda nada, sólo el recuerdo inaprensible, la sensación de ir cazando fantasmas asturianos…



He salido de la cueva de Platón para ver el mundo real. Me he llenado de realidad, de verismo, de un 3D acojonante que también sería Full HD si no fuera por estas gafas que siempre se me ensucian o se me empañan. He vivido una larga película en la que nada sucedía, sólo el paseo, la contemplación, el libro abierto en la casualidad de un entorno agradable o de un alojamiento de ensueño. El único alimento que ha recibido mi cinefilia, pobrecica, para que no se muriera de hambre, ha sido Bienvenido a Farewell-Gutmann. Era la única película que llevaba en el ordenador, olvidada allí en los mil trajines de los visionados y los corta-pegas. Cedí a la tentación en una mala noche de insomnio y añoranzas. De pronto, no sé por qué, eché de menos esta prisión, esta cueva, esta cárcel autoimpuesta en la que veo películas y luego escribo, malescribo, sobre ellas. El hombre liberado echando de menos su celda… Un Síndrome de Estocolmo, o de Invernalia, de tres pares de cojones. Que son seis. Fue un arrebato de cinéfilo que apenas duró dos horas, las justas para ver la película de Xabi Puebla, plúmbeo retrato del mundillo de los ejecutivos y sus maldades sociopáticas. No es, ni de lejos, esa gran película que luego fue A puerta fría, a la que aquí se dedicó un largo y encendido elogio. Bienvenido a Farewell-Gutmann es como un Glengarry Glen Ross embrionario, fetal, al que se le ve la intención pero no las formas. Un alimento escuálido con el que rompí mi ayuno, mi voto, mi proyecto ilusorio de vacaciones totales. Tras la película, me flagelé cien veces con mi propia monserga. Pedí perdón a los dioses y ellos me concedieron la paz de otros cuatro días sin películas, al borde del mar, entretenido con la vida misma, que pasaba ante mis ojos, tan entretenida, tan veraz…


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