Los duelistas

Para un hombre del siglo XXI, esa manía que tenían los antepasados de batirse en duelo a muerte por cualquier nadería, por cualquier migaja caída sobre el honor, es un misterio antropológico que requeriría de una explicación académica. En Los Duelistas, primera película como director de Ridley Scott, nadie se para a revelar la sinrazón de estos encontronazos que tenían lugar con la primera luz del amanecer. Desde casi la primera escena, por un quítame allá esas pajas, dos soldados del ejército de Napoleón se van retando durante años siempre que sus compañías coinciden en campaña. Como los duelos nunca tienen un final definitivo –léase mortal-, siempre quedan para una próxima ocasión, variando de armas en cada lance. Con el tiempo y las batallas, ambos duelistas se irán convirtiendo en capitanes, en generales, en hombres abrumados por la responsabilidad de sus cargos, pero cada vez que se ven resurgirá, intacto, agresivo, el odio del primer día. Supongo que hace dos siglos, cuando uno se moría joven y casi de cualquier cosa, sin penicilinas, sin medicamentos, expuesto a cualquier patógeno o a cualquier locura de los emperadores, la vida era un bien menos valioso que ahora. Casi daba lo mismo morir en un duelo que en un combate. O que postrado en una cama por el virus de la viruela, o de la gripe, o del sarampión, que formaban el más poderoso y sanguinario ejército de la época. De cualquier época, hasta el bendito nacimiento de Louis Pasteur. Será esto, digo yo, o que comían algo intoxicado de plomo, como los antiguos romanos de la decadencia, que fueron perdiendo la razón poco a poco.
       Preciosa película, de todos modos, aunque los personajes vaguen perdidos por la sinrazón. O por su razón tan particular.






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Ray Donovan. La decadencia

Ray Donovan se va precipitando, capítulo a capítulo, hacia la aburrida telaraña del culebrón venezolano. En los primeros capítulos te ponen el anzuelo de los macarras, de los hostiazos, de la cara oculta del famoseo en Hollywood. Los personajes de Ray Donovan son tipos varoniles y malhablados que tratan de recrear el universo de Los Soprano, con más elegancia en los trajes, y menos crímenes enterrados en las cunetas. El asunto promete, y te deja intrigado. Uno, además, se toma como un reto personal saber qué tiene Liev Schreiber que no tenga yo, y que enamora todas las mañanas a esa diosa de los australes llamada Naomi Watts. 
         Pero pasan los episodios y el tedio empieza a teñir de gris lo que prometía ser negro de maleante y rojo de sangre. El culebrón se infiltra en los argumentos como eso, como una culebra, siseando en las alcobas y los cuartos de baño, en las habitaciones de los adolescentes y los dormitorios de los subalternos. De Ray Donovan nos interesaba Ray Donovan, propiamente dicho, y su actividad delictiva tan molona como  eficiente. El resto, con perdón, nos la soplaba. Pero el resto se va comiendo poco a poco los minutos, como polillas hambrientas en un guardarropa de lujo, y uno, al final encara, los últimos episodios llevado por el sentido del deber, pero ya no por la ilusión. Me importa un bledo que la hija salga con el vecino rapero, que el hijo tenga arranques coléricos en el colegio, que la esposa sienta punzadas en los escrúpulos, que el socio delictivo pierda la chota con el alzheimer, que al padre le gusten los culos de las negras, que al hermano tonto le chupara la polla un cura, que el hermano menos tonto se quede paralítico del boxeo, que una hermana drogata saltara de un décimo piso colocada hasta las cejas…  ¿Esto era, Ray Donovan? ¿Un culebrón sudamericano producido e interpretado por los gringos? Bah.


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Moteros tranquilos, toros salvajes

En Moteros tranquilos, toros salvajes, que es la gran crónica del cine de los años 70, leo estas curiosas reflexiones de Robert Towne, afamado guionista de la época:
“Cuando era niño -cuenta Towne- me llamaban la atención cuatro cosas de las películas: que los personajes siempre encontraban un lugar donde aparcar a cualquier hora del día y de la noche; que nunca les daban el cambio en los restaurantes; que maridos y mujeres nunca dormían en la misma cama, y que la mujer se iba sin quitarse el maquillaje y se despertaba con el maquillaje intacto…”
            Al igual que Robert Towne, uno también guarda, desde su más tierna cinefilia, cuatro asuntos inexplicados de las películas americanas: que los personajes nunca terminan su plato de comida, y muchas veces ni siquiera llegan a probarlo; que la compra del supermercado siempre la transportan en incomodísimas bolsas de papel sin asas; que los extraños, sobre todo fuera de las grandes ciudades, entran y salen por los hogares ajenos como Pedro por su casa, levantando ventanas sin seguro, abriendo puertas sin pestillos; que los agentes del FBI y los sheriffs del condado, después de cincuenta años de colaboración profesional, todavía no han encontrado un protocolo válido de actuación en caso de asunto criminal.



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Red de mentiras. El puto, puto, verano.

Hoy, en este ciclo estival dedicado a Ridley Scott, creía estar viendo por segunda vez Red de mentiras, pero nada de lo que salía en pantalla se correspondía con algún recuerdo dejado por la primera visión. Todo me sonaba a chino -a árabe más bien-, como si las desventuras jordanas de Leonardo DiCaprio estuvieran de estreno riguroso en mi cinefilia. Y sin embargo, yo, en mis adentros, juraría haber visto la película hace cinco o seis años, en una pantalla grande, de cuando iba al cine a escuchar cómo los otros se reían a destiempo o masticaban las palomitas. Juraría haber visto a Russell Crowe haciendo de jefe torpón, al camaleónico Mark Strong interpretando al responsable supremo de la inteligencia jordana. A una actriz de nombre desconocido interpretando a la más bella enfermera de los hospitales de Amán… Hasta recordaba ese final algo chusco y decepcionante que por supuesto aquí no voy a desvelar.




Terminada la película, acudo al ordenador para buscar mis comentarios de entonces, mis calificaciones de antaño, pero descubro, sorprendido y confuso, que Red de mentiras es una película virgen de mi huella digital. Como si nunca la hubiera visto hasta hoy. De haberme ocurrido esto en un día de invierno, juraría que me había vuelto loco, que sufría déjà vus que no duran escasos segundos como los habituales, como los que vienen recogidos en los manuales de psiquiatría, sino otros de dos horas de duración en los que caben películas enteras y guiones gordísimos. Un déjà vu que por su excesivo metraje ya no es tal, sino alucinación, demencia, carne de manicomio. Pensaría, de estar hoy en el sofá con la manta doble y la sopa caliente para cenar, que la cinefilia ha conseguido chalarme por fin, evadirme tantas veces del mundo que ya no sé lo que es realidad y lo que es fantasía. Tan pirado del culo que ya no sé distinguir lo que he visto de lo que veré. Un loco dentro de la propia locura, pues incluso dentro de ella me pierdo y me voy por los cerros en búsquedas extrañas. Pero hoy estamos en julio, en el puto veintitantos de julio, y el calor cae sobre esta casa como si los dragones de Daenerys hubiesen anidado sobre mi tejado. Y uno, que nació para vivir en las tierras frías como los Neandertales, es capaz, en el calor pringoso que aplauden los telediarios y los hosteleros de la costa, de alucinar películas enteras, de preverlas incluso, con todo lujo de detalles. Lo mío no era locura finalmente, sino vahído estival, recalentamiento de las meninges. Neuronas electrocutadas por el sudor que se infiltra en el cráneo calizo. Red de mentiras era una puta insolación, un puto espejismo, antes de que hoy se hiciera pixel tangible ante mis ojos.


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María Antonieta

La primera vez que vi María Antonieta, la película de Sofía Coppola, me llevé un cabreo monumental porque a los espectadores se nos hurtaba el final sanguinolento de esta gran pija que fue reina de Francia, o de esta gran reina que fue pija de Francia, lo mismo da. ¿Para qué hacer una película sobre María Antonieta si al final no se hace pedagogía de su vida? ¿Para qué meterse en estos perifollos de los cortesanos versallescos y sus bailes de disfraces si no es con la intención de ridiculizarlos, de ponerlos a parir, de sentir la conciencia de clase bullendo en nuestra sangre?  Diez años antes, en esa película olvidada que es Ridicule, Patrice Leconte nos había mostrado la maldad, el egoísmo, la estrechez de miras de estos personajes y personajas que sostenían el entramado del Antiguo Régimen. Frívolos, malévolos, supersticiosos, dañinos, indiferentes al sufrimiento de todo aquél que no perteneciera a su estirpe. Así era la nobleza –no muy diferente de la de ahora, condesas de Bornos incluidas- que Leconte retrataba sin piedad, con estilo refinado y puñetero. No se veían las guillotinas, que todavía estaban afilando en los talleres de la Revolución, pero uno deseaba que salieran a escena para poner un poco de orden entre tanto abuso y tanta majadería. Sofía Coppola, en cambio, en su película de vívidos colores y músicas del pop, se limitaba a filmar el dispendio, el privilegio, la vida disipada. Un videoclip sobre los borbones en el palacio de Versalles. No había intención crítica, ni propósito aleccionador, ni rastro de moraleja.




         Hoy que la he vuelto a ver, quizá porque me pilla de otro humor, quizá porque mis razonamientos han salido por otro lado, veleidosos y nunca congruentes, he comprendido el punto de vista de la hijísima de don Francis. ¿Quién era, después de todo, María Antonieta? Una niña alejada de la realidad que se cría en un palacio de Viena y a la que, con catorce años, envían a Francia para desposarse con el Delfín, tomando habitaciones en un palacio todavía más grande y luminoso. Una frívola educada en la frivolidad, una manirrota enseñada en el dispendio, una caprichosa consentida en todos sus deseos. Una reina de su tiempo que saltando de jardín en jardín jamás coincidió con un vasallo muerto de hambre, con una madre ajada de niño desnutrido. María Antonieta era una muñeca de carne y hueso preservada en sus castillos de jugar y reírse. Una pobre imbécil, o una pobre desinformada, según se mire. El primer hombre desdentado y sucio que vio en su vida lo conoció camino del cadalso, cuando ya era demasiado tarde para comprender, o para apiadarse de los menos afortunados. La plebe, jamás vista desde Versalles, era una raza aparte, una ganadería de humanos, un zoológico de pobres que ella nunca se atrevió a visitar por si manchaban, o por si mordían. La Revolución Francesa fue, desde el punto de vista de los aristócratas, de los curas, de los Borbones que se turnaban graciosamente la corona, como la rebelión de los monos en el Planeta de los Simios. La naturaleza vuelta del revés. El orden divino subvertido por los animales. El fin del mundo que luego no fue tal, para nuestro desconsuelo, sino un simple paréntesis en sus mangoneos y privilegios. La salida al campo de cuatro espontáneos a los que tardaron en coger, pero a los que luego soltaron hostias a base de bien. Y nos las siguen soltando. Otra vez. 


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Ocho apellidos vascos II

Un día después de haber visto Ocho apellidos vascos, me ha venido a la memoria un viaje que hice a San Sebastián en la flor de mi juventud recién casada, a conocer, a comer, a localizar el solar donde se levantaba el viejo campo de Atocha, que tantos disgustos me dio cuando yo lo veía desde mi tele de Invernalia, engullendo a mis príncipes blancos en el barro, en la lluvia, en las fauces coléricas de la parroquia txuriurdin. Recuerdo que mientras hacía la maleta, mi madre me advertía por detrás, hecha un manojo de nervios: “Hijo mío, a San Sebastián, no teníais otro sitio, con la que está cayendo por allí, que os van a poner una bomba en cualquier sitio, ay Jesús…” Y tal y tal. Mi madre, como los amigos sevillanos de Dani Rovira en la película, se imaginaba un campo de batalla como de la I Guerra Mundial, con los españoles a un lado, los encapuchados al otro, y los restaurantes y los hoteles justo en el medio de las trincheras, en tierra de nadie, a merced de los obuses o de los tiroteos. Paparruchas, respondí. Allí todo es normal, como aquí, salvo alguna cosa…




Al segundo día, sentados en la Plaza Mayor de San Sebastián, unos encapuchados de la Kale Borroka entraron a toda hostia por una esquina, lanzaron unos cócteles molotov contra la terraza vacía de un bareto y se esfumaron, a toda hostia también, por la esquina contraria. Un visto y no visto. Cinco segundos de asombro, como de estar viendo un telediario en la tele, o una película hiperrealista de director vasco, seguidos de otros cinco segundos de acojono y contrición: “ A ver si mamá tenía razón…” Fue el único incidente en siete días de vacaciones. Diez segundos que no empañaron la percepción de una tierra hermosa y casi siempre pacífica. Casi… El personaje de Rovira, en cambio, ya en tiempos de paz, y enamorado de una nativa hasta las cachas, se lleva una buena somanta de hostias entre unas cosas y otras. Paradojas del tiempo, y del destino.




            En el libro Moteros tranquilos, toros salvajes, Peter Biskind cuenta esta ilustrativa anécdota sobre cómo se edifican a veces los grandes amores:

            “ En aquellos días, [Warren] Beatty salía con Maia Plisiétskaia, la bailarina rusa. Maia, mayor que él, e increíblemente hermosa, tenía un cuerpo espléndido, no usaba maquillaje ni joyas y vestía con sencillez, por lo general blusas y pantalones deportivos. Se cuenta que Stella Adler, ex profesora de interpretación de Beatty, dijo una vez: «Estaban locamente enamorados, pero, por supuesto, ninguno entendía una sola palabra de lo que decía el otro.»”


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Ocho apellidos vascos

Horas después, todavía enamorado de esa casa en Farö que es el refugio exacto que yo sueño en mis fantasías demisántropo, veo, por fin, con un año de retraso respecto a mis compatriotas, Ocho apellidos vascos, la tan hablada, la  tan analizada, la tan reída en las plateas y tan tímidamente criticada en los medios. Es una mierduca de película –o mierduka, según el extremo peninsular donde nos deje el autocar-, pero te ríes un huevo, y a veces dos, con algunas ocurrencias del guión. Rebusco en las críticas y descubro que sólo un par de tipos a los que les da igual no parecer molones y modernos, a los que se la trae floja tirar piedras contra el negocio redondo del año, escribieron en su día que la película hace aguas por mil agujeros. Que está llena de trampas, de lagunas, de reacciones humanas incomprensibles. El resto de los opinadores calla, transige, se queda en el manido fenómeno sociológico que todo lo justifica. Quizá no se atreven a disentir. Quizá se han llevado un sobresueldo en la concordia pactada. Quizá, quién sabe, pues todo es posible en Granada, y en el País Vasco, les ha  gustado de verdad la película y anteponen la gracia y la frescura a los defectos tan evidentes. 

         Dentro de unos años, cuando un documental nos enseñe la mansión escondida de algún cineasta patrio, ya enterrado y desprovisto de su secreto en las tierras de Soria, descubriremos en sus estanterías el DVD de Ocho apellidos vascos, como una concesión al divertimento, al cine malo pero molón. El pecado inconfesable de los más puristas y exigentes. Yo mismo, cuando la regalen con el periódico dominical, la incrustaré entre las perlas más exquisitas del cine español, como una concesión a sus cuatro risas, a la belleza barriobajera de Clara Lago, al fenómeno sociológico de marras…



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Descubriendo a Bergman

En el documental sueco Descubriendo a Bergman, la cámara inquisitiva nos enseña la filmoteca privada de don Ingmar, allá en su mansión de la isla de Farö, ahora que él ha muerto y que sus albaceas han roto el misterio que rodeaba el santuario. Varios cineastas del ancho mundo, que son invitados a curiosear entre sus pertenencias, se pasean por allí como si hollaran suelo sagrado, y las habitaciones fueran altares, y los libros y películas vestiduras de santos, o reliquias de Jerusalén. Inárritu, Haneke o John Landis se comportan como peregrinos en busca de las fuentes primordiales, del evangelio escrito en sueco que predicó la religión verdadera. Se muestran humildes y respetuosos, pecadores arrepentidos de hacer un cine de peor calidad (de los demás no opino, pero Haneke se humilla sin necesidad). Landis es el primero que se aventura a pasar el dedo por el lomo de los VHS de la biblioteca, y queda sorprendido -y los espectadores con él- de las películas bizaras que el maestro guardaba en las estanterías junto a las obras maestras de rigor. Bien legibles, sin esconderse tras trofeos o fotografías estratégicamente colocados, se vislumbran engendros de terror de la Hammer, Los Cazafantasmas, películas inimaginables para un auteur del cine serio como Jungla de Cristal o Emmanuelle. Landis -y nosotros con él al mismo tiempo- sonríe como diciendo: “el que esté libre de pecado, que tire la primera carátula”.



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Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Vivir es fácil con los ojos cerrados es el homenaje de David Trueba a los españoles anónimos que resistieron  los años del franquismo. A los que se iban cagando en todo entre dientes; a los que obedecían a la Guardia Civil mientras hacían una peineta dentro del bolsillo; a los que veían en la tele al Generalísimo y soltaban un improperio que no se oyera al otro lado del tabique.



  Vivir es fácil con los ojos cerrados cuenta la historia de uno de estos antihéroes, de uno de estos silentes cabreados, que ve en la rebeldía juvenil de Los Beatles una oportunidad para el desahogo, para la apertura de conciencias, para la exaltación del inglés como lengua universal y útil. Seguramente no es la intención de David Trueba, pero uno ve un paralelismo entre aquellos resistentes al nacional-catolicismo y los que ahora resistimos los embates antisociales de nuestro gobierno, conformado, no lo olvidemos, por los nietos de aquellos mismos tipejos, carne de la misma carne insolidaria, sangre de la misma sangre sociopática, hueso del mismo hueso terrateniente y sacramental. “Resistiré los años de gobierno del PP” cantamos todos unidos alrededor del piano en El Intermedio, en aquella histórica noche de llantos y risas, de compadreos y negros nubarrones.




El mito de la Transición nos ha contado que España bullía de gentes díscolas y disconformes, odiantes anónimos del régimen. Pero es mentira. A la mayoría de los españoles se la traía al pairo que gobernara Franco o cualquier otro, mientras hubiera orden y limpieza, religión y sanas costumbres. Fútbol los domingos y toros televisados, sábado en sabadete  y comunistas peligrosos a buen recaudo en las cárceles. Lo que pasa es que los ancianos de ahora se ven obligados a decir que ellos, por supuesto, también fueron antifranquistas en la juventud, para quedar bien en las entrevistas y que nadie les mire mal en la familia. Todos cuentan las mismas trolas de que corrieron delante de los grises, de que acudieron a manifestaciones no permitidas, de que corearon himnos prohibidos en los campos de fútbol, de que tenían una diana en el sótano con la cara de Franco agujereada por los dardos. Son cosas que han oído de otros, pequeñas heroicidades que les vienen al pelo para quedar como dios en las entrevistas, y que nadie les pueda acusar de colaboracionismo, de conformismo, de aquiescencia bonachona con el estado de las cosas. Mienten, pero es comprensible que mientan. La verdad pura y dura -que en el fondo la dictadura les daba lo mismo, y que hasta agradecían que un gobierno fuerte soltara un par de hostias a los melenudos y a los maricones- sería ultrajante para ellos mismos. Y para el país entero, que se hizo demócrata de la noche a la mañana más por la moda que por la convicción, más por lo que veían en la tele que por lo que sentían en los corazones. No existe la conciencia ciudadana, el sentido cívico, la democracia en construcción. No al menos en este país. Todo eso no es más que poesía, que literatura retórica.  A nadie le interesa descubrir esa verdad de un país podrido hasta las entrañas, de una población anestesiada hasta la imbecilidad. De una sociedad que cuando Franco iba tan acojonada que iba dejando zurrapas en los calzoncillos y camisetas resudadas en las lavadoras. Hubo mucho miedo, mucha intoxicación, mucho pasota también. Tipos como el personaje de Javier Cámara en Vivir es fácil con los ojos cerrados, ese profesor de inglés arrinconado en un colegio de Albacete, eran héroes aislados, islas de rebeldía, ilustrados de verdad,.Buenos ciudadanos que no querían llevarse una hostia de la Benemérita, ni pasar una temporada en la cárcel, ni perder su puesto de trabajo en la España árida y pobre, pero que por dentro maldecían y lloraban. No querían ser héroes, pero no eran tontos. Ellos olían la hediondez, y caminaban a todos los sitios con cara de asco, y con sueños de cambio. Mientras los demás se dejaban llevar alegremente por la corriente, ellos chapoteaban a escondidas en sentido contrario, nadadores siempre a punto de ahogarse, torpes pero valientes, a su modo.


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Abril

Abril es una película de Nanni Moretti que, no sé por qué, veo con mucha frecuencia. Quizá porque es corta, apenas una hora y cuarto de duración, y me cabe en cualquier agujero de la agenda, cuando ya es muy tarde para ver los grandes largometrajes, o tengo que quitarme el eterno pijama para salir a socializarme. Abril me pone contento, me levanta el ánimo. De algún modo que no acierto a adivinar, porque los autorretratos de Moretti y lo autorretratos de mi vida tienen muy poco en común, Abril me pinta una sonrisa en la cara y me reconcilia con la vida. Es una película irregular, dubitativa, a veces tontorrona. Moretti lo mismo se pone a filosofar con enjundia que a hacer el ganso con la gracia de un mal payaso. Es un tipo peculiar cuyo alter ego de las películas vive a medio camino entre la sabiduría y la bufonada. Pero yo entiendo a Moretti. De algún modo misterioso me reconozco en sus neuras, en sus dudas, en sus exclamaciones sobre la vida. Le veo en pantalla y entro en sintonía con él. Me río cuando él se ríe, me emociono cuando él se emociona, me sale la misma vena corrosiva que a él se le enciende en el entrecejo cuando dispara contra la derecha política, contra la vacuidad de la izquierda, contra la estupidez imperante en los ámbitos de la vida. Moretti es como un amigo lejano que tengo en Italia, al que de vez en cuando visito en las películas para repasar los viejos temas, y darnos un paseo en su moto por las calles de Roma.




            Abril tiene varios momentos imborrables para este cinéfilo de provincias:
            El día que Berlusconi gana sus primeras elecciones generales y Moretti, sentado ante el televisor, incrédulo y decepcionado, decide fumarse el primer porro de su vida:
“La noche del 28 de marzo de 1994, cuando ganó la derecha, por primera vez en mi vida me fumé un canuto”.



Pocos años después, la izquierda derrota a Berlusconi en las elecciones, y los simpatizantes salen a la calle con sus coches para tocar el claxon y felicitarse mutuamente. Moretti se sube a la moto para participar de la fiesta, pero él va gritando otra cosa. Su hijo Pìetro acaba de nacer, sano y fuertote, y esa alegría le parece más importante que el cambio de poder en el gobierno.
- Enhorabuena –le dicen los conductores que pasan a su lado enarbolando la bandera roja.
- Gracias –responde él-. Cuatro kilos doscientos gramos…



Días antes, en el debate electoral televisado, Moretti se desgañita ante la pasividad de D’Alema, líder de la izquierda, amordazado por la verborrea incontenible de Berlusconi, que se autoproclama líder de la decencia y del progreso de la nación.
            “D’Alema, di algo de izquierdas. Di algo aunque no sea de izquierdas, se sentido cívico. D’Alema, di alguna cosa, cualquier cosa, reacciona…”
            Innumerables veces me ha pasado lo mismo viendo los debates en la tele, o escuchándolos en la radio, llamando al representante de izquierdas por su nombre para que se imponga, para que corte el rollo del oponente, para que diga algo que suene bien a oídos del proletariado, aunque sea mentira, por los viejos tiempos…



            Al final de la película, un amigo de Moretti le reconviene amablemente la vagancia de los últimos tiempos, y le recuerda, de un modo muy gráfico, el tiempo inestimable que aún le queda por vivir, para que salga  de la inoperancia, de la duda, de la molicie, y se lance de cabeza al trabajo, a la denuncia, a la alegría misma de vivir:

- Esto es un metro. Cien centímetros
- Sí
- Hoy es tu cumpleaños. Felicidades.
- Gracias
- Llevas mucho tiempo sin rodar.
- Han ocurrido cosas más importantes: ha nacido Pietro…
- Sí, sí, sí… Pero procura apurar. ¿Cuántos años quieres vivir: setenta, setenta y cinco?
- Ochenta.
- Ochenta… Le quito veinte. Esto son ochenta. Hoy cumples cuarenta y cuatro… Tenemos que bajar hasta aquí. Fíjate: esto es lo que queda.

            [Y luego, cabalgado ya sobre su moto, Moretti reflexiona: “¡Qué tonto! Quería decir noventa, noventa y cinco años. Me ha pillado por sorpresa. Soy un gilipollas. Ochenta menos cuarenta y cuatro, ochenta menos cuarenta y cuatro…]


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Bienvenidos a Farewell-Gutmann

Mi cinefilia ha regresado de las vacaciones. Se perdió siete días en el lejano País de las Lluvias, caminando al borde de los acantilados, descubriendo paisajes verdísimos, disfrutando del sol tamizado por los nubarrones, y de las fabadas trasegadas con las sidras. Por el Norte no se ven las europeas que tiñen de amarillo las playas del Mediterráneo, y de verde la envidia de nuestros ojos. Pero sí hay mujeres autóctonas que están de muy buen ver, descendientes directas de los celtas, de los astures, de los intrépidos romanos que se atrevieron a hollar estos montes. Mi cinefilia también ha reposado en ellas, de soslayo, soñando con películas imposibles de amores casuales pero eternos. Como Katherine Hepburn en Locuras de verano, que también era una solitaria cuarentona que buscaba del solaz, el olvido, la aventura romántica. Pero ella al final pillaba cacho, porque su destino vacacional era Venecia, y en Venecia, nos ha jodido, eso es muy fácil de hacer, porque el marco es incomparable y todo se conjura para juntar los corazones necesitados: la góndola y el gondolero, el palacio y el canal, el canturreo italiano y el peso inmortal de la tradición. El País de las Lluvias también es romántico a su manera, pero las lluvias lo interrumpen todo a medio cocer, cuando las miradas ya se han cruzado varias veces y la palabra está a punto de entrar en escena. Cuando pasa la nube, el amor, que corrió en dirección contraria a refugiarse, se evapora como el agua de los charcos. En diez minutos ya no queda nada, sólo el recuerdo inaprensible, la sensación de ir cazando fantasmas asturianos…



He salido de la cueva de Platón para ver el mundo real. Me he llenado de realidad, de verismo, de un 3D acojonante que también sería Full HD si no fuera por estas gafas que siempre se me ensucian o se me empañan. He vivido una larga película en la que nada sucedía, sólo el paseo, la contemplación, el libro abierto en la casualidad de un entorno agradable o de un alojamiento de ensueño. El único alimento que ha recibido mi cinefilia, pobrecica, para que no se muriera de hambre, ha sido Bienvenido a Farewell-Gutmann. Era la única película que llevaba en el ordenador, olvidada allí en los mil trajines de los visionados y los corta-pegas. Cedí a la tentación en una mala noche de insomnio y añoranzas. De pronto, no sé por qué, eché de menos esta prisión, esta cueva, esta cárcel autoimpuesta en la que veo películas y luego escribo, malescribo, sobre ellas. El hombre liberado echando de menos su celda… Un Síndrome de Estocolmo, o de Invernalia, de tres pares de cojones. Que son seis. Fue un arrebato de cinéfilo que apenas duró dos horas, las justas para ver la película de Xabi Puebla, plúmbeo retrato del mundillo de los ejecutivos y sus maldades sociopáticas. No es, ni de lejos, esa gran película que luego fue A puerta fría, a la que aquí se dedicó un largo y encendido elogio. Bienvenido a Farewell-Gutmann es como un Glengarry Glen Ross embrionario, fetal, al que se le ve la intención pero no las formas. Un alimento escuálido con el que rompí mi ayuno, mi voto, mi proyecto ilusorio de vacaciones totales. Tras la película, me flagelé cien veces con mi propia monserga. Pedí perdón a los dioses y ellos me concedieron la paz de otros cuatro días sin películas, al borde del mar, entretenido con la vida misma, que pasaba ante mis ojos, tan entretenida, tan veraz…


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La noche se mueve

En el pueblo, en la terraza del bar, en la única tertulia cinéfila que existe en veinte kilómetros a la redonda, un amigo de prodigiosa memoria pervertida, recuerda, iluminado por un rayo repentino, a Melanie Griffith bañándose desnuda en una escena de La noche se mueve, esfuerzo policíaco de Arthur Penn que ya vaga perdido en los libros de historia.  Yo, que soy más joven que mi amigo, nunca he visto la película, pero la conozco de oídas porque en ella sale Gene Hackman diciendo aquello de “ver el cine de Rohmer es como ver crecer la hierba”, y ésta es una cita que utilizan mucho los que se meten con el venerable maestro, y con el cine francés en general, cuando no se cometen asesinatos ni rugen los coches en las  persecuciones. Allá ellos.



          La imagen de Melanie Griffith desnuda, al borde de la edad legal para el deseo, queda suspendida sobre mi cabeza el resto de la tertulia. La conversación viene y va sobre mil asuntos del cine y de la vida, pero Melanie y su chapuzón permanecen quietos como una nube geostática, cargada de electricidad y de promesas. Mitad curioso y mitad excitado, lo primero que hago al llegar a casa es buscar La noche se mueve en la jungla caribeña de los piratas. La película, por lo que se deduce de sus numerosas entradas, sigue teniendo su caché, su prestigio, su público fiel. Los muchos que se han reunido alrededor de ella quizá son gente veterana como mi amigo, que luchan por recobrar los momentos eróticos de su cinefilia, o quizá gente joven, que viene advertida del regalo carnal que se esconde en lo más profundo del metraje. Gracias a ellos, a los veteranos y a los noveles, consigo la película en el breve plazo de dos horas. Y allí está, en efecto, Melanie Griffith, en un papel secundario que se convirtió en primerísimo e histórico, enseñando su geografía corporal en planos cortísimos que son como atisbos, como visiones cercenadas del paraíso prohibido, alimentando el deseo muy poco edificante de los cuarentones como yo. El guión -para mi culpa, para mi gran culpa- atribuye al personaje una edad prohibitiva de dieciséis años. Primaveras, que no años, y además muy verdes y soleadas, perfumadas y exultantes. La vergüenza del deseo me empuja a buscar la verdad en internet: para mi alivio son diecisiete, que no dieciséis, los años auténticos de Melanie en La noche se mueve, que sigue siendo una edad ilegal, pero muy próxima ya al amor verdadero. Más confesable en este blog donde suelo desnudarme, pero nunca del todo.




            Rehecho de mi propia vergüenza, aprovecho la búsqueda en internet para confirmar otra edad que me está atormentando. El personaje de la madre de Melanie –al que la película atribuye cuarenta y tres años, sólo uno más que este cuerpo serrano despanzurrado en el sofá- está interpretado por una mujer de tetas caídas, culo flácido, habla incoherente y mirada de bruja. La actriz, pobre mujer, pues nada tengo contra ella, es una desconocida del mundillo llamada Janet Ward. ¿Esto es lo que me espera a partir de ahora? ¿Estas son mis coetáneas, mis compañeras de camino, mis objetivos sexuales del otoño caduco? ¿Las “alegrías” sexuales que me corresponden por edad y por méritos deportivos? Mejor sería la emasculación, la castración química, la vida anacoreta en una isla del Océano Índico. Siento que me falta el aire, que me abandona el ánimo, que se esfuma la exigua felicidad de este primer tramo de las vacaciones. Pero no son, gracias a los dioses, cuarenta y tres años los tacazos reales de la señora, sino cincuenta, y muy mal llevados por cierto. El destino, esta vez benevolente, me ha concedido otros siete años para soñar. Siete años de tregua antes de la decepción mayúscula, del destino irreversible.


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Frances Ha

Frances Ha es la historia de Frances, chica no demasiado mona y no demasiado avispada que trata de abrirse paso en el mundillo artístico de Nueva York. Aunque baila como los patos y carece de la grácil figura, ella persevera en sus intentos sin temor a caer en el ridículo. Frances es una echada p’alante que no se arruga ante las contrariedades,  aunque no queda claro si su mérito es ser demasiado lista o demasiado boba. A veces le llueven chispazos de genio, y a veces mete la pata como una burra. Es un personaje intrigante, ambiguo, al que no sabes si odiar por su estupidez o querer por su inocencia. Si moler a hostias como un puching-ball o abrazar tiernamente como a un osito de peluche.




            Frances Ha es el reverso amable y simpático de A propósito de Llewyn Davis, que también iba de un artista fracasado buscando su sitio en Nueva York. Llewyn es un tipo hosco, orgulloso, que se presta a muy pocos arreglos. Las pequeñas desgracias le minan la moral hasta sumirlo en un destino negro que la película prefiere no enseñarnos. Frances, en cambio, es una chica risueña, sencilla, que se toma los reveses como simples contratiempos en su carrera. Ella está predestinada a una felicidad que tampoco se nos muestra al final del retrato, quizá por inverosímil o empalagosa. El caso es que uno, mientras seguía a la risueña Frances, fantaseaba con llevar una vida parecida, en la gran ciudad. Viajar en la máquina del tiempo y apearse en Madrid, en los años ochenta, para instalarse en la Movida y buscar un reconocimiento como escritor, como crítico cinematográfico, como reportero tribulete de lo que fuera, invitado de provincias a las fiestas del gran folleteo y del gran desparrame. Pero uno sabe, en su fuero interno, que una vez allí, en el bullicio de la gran ciudad, el destino de Llewyn Davis le caería a uno como una maceta a la vuelta de la esquina. Porque uno, como él, también es tremendista, pesimista, demasiado consciente del entorno. Para salir indemne de una aventura así hay que ser como Frances, mitad loca y mitad sensata, mitad amapola y mitad roble. Una suerte de la genética, o un trastorno maravilloso de la juventud.


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Veep. La hipocresía

Veep es la mejor sitcom actual de la televisión. Se lo recuerdo a los recién llegados, o a los que se olvidaron del asunto. 
            El segundo episodio de la tercera temporada, en el que Selina Meyer debe pronunciarse en el espinoso tema del aborto, es una obra maestra de la comedia política. Selina y sus asesores hacen equilibrios grotescos para no parecer demasiado conservadores ante las mujeres, ni demasiado liberales ante los lobbies religiosos. El cálculo electoral que vertebra los discursos te arranca una sonrisa enorme y retorcida. Lo mejor del asunto es que los guionistas no necesitan guionizar nada, sólo trasladar al papel, con una gracia infinita, lo que todos nos imaginamos que se dice tras aquellas bambalinas. Lo tragi-cómico de Veep es que ningún personaje parece una exageración o una caricatura. Los entresijos del Ala Oeste son tan verosímiles que parecen un documental rodado cámara en mano. Los tipos reales que asesoran al actual vicepresidente de los Estados Unidos quizá no sean tan lunáticos, tan serviles, tan estúpidos en ocasiones. Pero a buen seguro que son igual de trepas, igual de camaleónicos, igual de cínicos. Veep es comedia, pero también es retrato. Si te paras a pensarlo, ya no te ríes tanto.
            Selina Meyer habla en confianza a su asesor de campaña Ben Caffrey:

            “ Ya me gustaría a mí decir lo que pienso en esta campaña. ¿Te imaginas si yo hiciera eso? Misisipi está repleto de gilipollas, no me fío de los chinos y voy a decirles algo: no voy a poder aprobar ni una sola ley que suponga una puta diferencia en sus vidas”.



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American Gangster

Después de ver Blade Runner, emprendo la vieja senda de las películas de Ridley Scott y me encuentro, en el primer recodo de la estantería, con American Gangster, que tenía olvidada por completo despúes de seis años de apretada y alocada cinefilia. Cosa que no entiendo, porque es una película soberana, bien contada, con un par de actorazos (Washington y Crowe) que bordan sus papeles de perfiles grisáceos y éticas discutibles. American Gangster, tan oscura en el fondo, tan brillante en las formas, había dejado un agujero negro en mi memoria del tamaño de un desconsuelo, un socavón tan grande como la vergüenza (pre-senil, como de pañal gigantesco) que ahora siento al recordarla.
             Del mismo modo que el detective Roberts, en American Gangster, va clavando las fotografías de los traficantes en el panel de su oficina, así clava mi memoria las películas de mala pinta, de pasado criminal, de amistades sospechosas, en el organigrama criminal que compone mi cinefilia fracasada. Las buenas películas, en cambio, se van apilando en archivos, en cajas, en sótanos mal iluminados, donde se confunden unas con otras y es imposible aclararse. Es como una maldición, como una mala suerte, como una tara genética de mis neuronas que lo van guardando todo al revés, la monda al plato, el plátano a la basura.


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Nymphomaniac II

Descubro, horrorizado, antes de ver Nymphomaniac II, que la señora H., personaje inolvidable de la primera parte, era Uma Thurman. La mismísima Uma Karuna. Y digo horrorizado no porque ella se haya vuelto fea, o tristemente vieja, que de momento los dioses la conservan hermosa y lozana, sino porque yo, en mi ceguera, en mi sordera, en mi temprana senectud, no fui capaz de reconocerla. Diez minutos de pantalla para ella sola, gritando, llorando, montándole un pollo al adúltero marido, y yo, en mi sofá, pensando para mí: “Este tipo es un imbécil. Con una mujer de buen ver como ésta, ¿por qué se va con esta ninfómana sin alma ni conciencia”? Quizá mi demencia, mi vejez, mi ocaso definitivo, empiece así, con un rostro amado que no reconozco, con un viejo amor al que no saludo.




Nymphomaniac II es un despropósito aún más delirante que la primera entrega. Al menos en Nymphomaniac I había escenas de sexo, y una chica muy guapa que las practicaba, y eso iba salpicando la trama de pequeñas alegrías que te empujaban a perseverar. Uno, además, que también tiene su puntito de humanidad, guardaba cierto interés en descubrir el destino final de Joe, la pelandusca del pecho plano y el espíritu torturado. Pero ahora, en Nymphomaniac II, por un azar femenino de la biología, su clítoris ya no responde a los estímulos, y Joe (que ya no es la joven actriz anterior, sino la macilenta y poca-cosa Charlotte Gainsbourg ), que ahora camina vagabunda por la ciudad, desconsolada y perdida, decide encontrar la experiencia bizarra que vuelva a encender sus fuegos artificiales. 
Para nuestro desconsuelo de espectadores pervertidos, Joe abandonará las camas y se lanzará a los caminos del masoquismo, del matonismo, del parlamentarismo incluso, pues no va a dejar de hablar en toda la película, contándole a un anciano anacoreta su triste pasado de tragasables. Del sexo oral hemos pasado, en profunda decepción, al sexo oralizado. Nymphomaniac II es un coñazo (valga la expresión), una película prescindible que voy pasando primero a saltos de un minuto, luego de dos, y finalmente de tres, como las uvas que se comían el ciego y el lazarillo de Tormes. Tendría que habérmelo imaginado desde el principio: ¿Lars von Trier desnudando por fuera y por dentro a las mujeres? Vamos, hombre. Una excusa barata para rodar pornografía (que se agradece), para dar clases de filosofía (que ya sabíamos), y para hacer un análisis profundo del alma femenina (que nos la traía al pairo).


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Nymphomaniac I

Los habitantes de la casa me interrumpen dos veces mientras veo, en la primera sobremesa de las vacaciones, Nymphomaniac I, que no es la película porno que un amigo me dejó, o que quedó grabada en el vídeo del Canal +, si no la última película de Lars von Trier, un danés extraño que lo mismo te deja fascinado en Melancholia que te proporciona argumentos para asesinarlo en Anticristo. Nymphomaniac I cuenta exactamente lo que promete en el título: las fogosas aventuras sexuales de una mujer carente de límites llamada Joe (que no es un travelo, a pesar del nombre masculino). Desde que una amiga de la infancia le descubre los misterios de lo genital, jugando a las “ranas frotadoras” en el baño inundado de la casa, Joe se lanza a una vida de lujuria y pecado en la que experimenta cualquier práctica con cualquier hombre que se le ponga a tiro. Ella no hace distingos entre guapos y feos, entre ricos y pobres, entre delgados y gordos: Joe es una mujer pansexual, ecuménica, que se ofrece al primero que pasa para hacerle feliz sin cobrar nada a cambio. En la película no lo cuentan, pero dicen las crónicas que las putas de la ciudad quisieron pegarle una vez, y poner una denuncia en comisaría por competencia desleal. Esa sí que hubiese sido una gran película, Putas contra Ninfómanas, con un remate final de peleas sobre el barro y reconciliaciones femeninas sobre la cama. Mientras tanto, los hombres del barrio agradecen a los dioses que Joe se haya criado allí, y no diez manzanas más arriba, y llenan las iglesias los domingos por la mañana para dar  gracias a los dioses.



Decía, al principio, que me han interrumpido dos veces mientras veía Nymphomaniac I. Ya conté en otra ocasión, creo que a propósito de La vida de Adéle, que esto ocurre siempre que uno se aventura en una película convencional de alto contenido sexual. En dos horas que dura la película, aunque la hayan publicitado con mucho escándalo y mucho jadeo, no son más de tres minutos los que podríamos considerar pornográficos, con algún lameteo de pezón y algún pene que nada más ser descubierto por el espectador se introduce ágilmente en la vagina, como una madriguera en su conejo. Los 117 minutos restantes son cháchara, preparación y consecuencias. También hay amor verdadero, esposas que lloran y un padre querido que se muere en el hospital. Hay mucha gente vestida en Nymphomaniac I. Pero ya he contado que en mi casa, tal vez porque tengo los auriculares demasiado altos, tal vez porque exudo feromonas que se cuelan bajo la puerta, tal vez porque hago ruiditos inconscientes sobre los muelles desgastados del sofá, el caso es que siempre me interrumpen en lo más sagrado del asunto para preguntar una tontería, o para decirme que se van a la calle. Pero no se van, claro, no al instante, porque se quedan allí de pie, mirando alternativamente  la película y el espectador, pensando si me he vuelto loco de verdad y ya no me importa ver una película porno en plena sobremesa de la casa llena de gente. Mientras Joe cabalga alegremente sobre la base de un pene anónimo, yo me abstengo de dar cualquier explicación. Porque me quedo mudo del embarazo, y porque además no me iban a creer. Al final se van, tartamudeando una disculpa, sin que el mondongo de la pantalla haya terminado, y luego, por la noche, cuando nos juntamos para cenar, todo el mundo se hace el sueco con el asunto; ni yo he visto, ni ellos me han visto. Son las cosas de mi marido, las cosas de mi papá, deben de ir contando por ahí… Y luego me extraño de que la gente, en este pueblo, me mire mal.




La película, se me olvidaba, es un truño. Y eso que uno, que todavía es joven y semental, se pone cachondo con alguna marranada que se dice o que se entrevé. El resto es un puro aburrimiento, un desbarre mental del señor Lars que mezcla la ninfomanía con los números de Fibonacci, el deseo acuciante con las moscas para pescar, la comedia sexual de una noche de verano con la polifonía musical de las obras de Bach. Una lección acelerada de antropología que pretende desvelarnos, por fin, tras varios milenios de espera, los misterios recónditos de la sexualidad femenina. Una estupidez de lecciones, claro está, porque la sexualidad femenina se extinguirá con el Universo sin haber sido explicada jamás. Porque lo nuestro se eleva al menor estímulo, busca la ocasión y arremete como un ariete, dicho en prosaica poesía. Pero lo de ellas, en cambio, obedece a silogismos sin lógica, a química sin bases, a caprichos sin origen, a vaivenes del viento que a veces van y a veces vienen. Todo hombre que asegure entender a las mujeres está mintiendo, o acaba de salir de un manicomio. El señor Lars incluido.


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