Sightseers

Hace unos cuantos milenios, cuando nuestros antepasados aún vagaban por el mundo armados de cachiporra, cualquier ofensa podía ser respondida con un garrotazo que causara la muerte del ofensor. Una mala mirada, un mal gesto, un no apartarse del camino en el momento adecuado... El mundo prehistórico era un Far West de vaqueros semidesnudos que sólo bebían agua y conducían rebaños de mamuts. En Atapuerca, separando las cuevas a izquierda y derecha, había una gran calle polvorienta donde los homínidos paseaban y se vigilaban, desenfundando sus garrotes al menor atisbo de desafío. No había por entonces música de Ennio Morricone que añadiera más tensión a la escena, pero de fondo aullaban los lobos, y los tigres con dientes de sable. Las leyes y las cárceles eran elementos disuasorios que los mesopotámicos aún no habían inventado, así que había barra libre para ejercer la venganza y el desahogo. Ningún sheriff con estrella de hueso salido de  Los Picapiedra iba a meterte en el calabozo por matar a otro fulano. Lo que luego hiciera contigo la tribu del asesinado ya era harina de otro costal.




El primer crimen que comete esta pareja de chalados en la película Sightseers, que viene a ser una versión descojonatoria del Asesinos natos de Oliver Stone, tiene algo de prehistórico y de salido de las vísceras. El muerto es un imbécil que se les cruza en el camino tres veces en el mismo día, comiendo un helado y lanzando el correspondiente envoltorio al suelo, un incauto que no sabe con qué psicópatas está tratando cuando al ser reconvenido les manda a tomar por el culo y les hace la puñeta con el dedo corazón. Cinco minutos después yacerá muerto en el asfalto del aparcamiento, atropellado accidentalmente por un coche con caravana que se da a la fuga con toda tranquilidad ¿Quién no ha soñado alguna vez con un crimen así, limpio, rápido, impune, que hiciera justicia con el dueño del bar que no nos deja dormir, con la madre del chaval que no para de molestarnos, con el dueño del perro que siempre se caga en nuestra puerta? En esos dos segundos de rabia que el hombre civilizado  tarda en presentarse, el troglodita interior sólo se detiene ante el miedo de ser delatado por un testigo, de ser castigados por la autoridad, de ser enculados en las duchas no vigiladas de la cárcel provincial. Lo único que nos separa de estos demenciados psicópatas de Sightseers es que en ellos el hombre civilizado, o la mujer tolerante, llegan mucho más tarde a la cita. Treinta segundos decisivos que la mente arcaica aprovecha para maquinar el asesinato inmediato. El comportamiento cívico es una pantomima necesaria que yo soy el primero en interpretar y en aplaudir, pero no va, se pongan como se pongan algunos filósofos, inscrita en nuestros genes. Es una pena que Sightseers no ahonde en estas cuestiones de enjundiosa antropología, y prefiera irse por los cerros de Úbeda, o por las Highlands de los escoceses, para hacer cuchipanda y gamberrada que divierte mucho a los adolescentes. Te ríes, sí, pero mucho menos que al principio, cuando la cosa visceral te salía del alma y no lo podías remediar. La sonrisita del asesino frustrado…


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