Sherlock

Llevaba varios días sin atreverme a ver otra película. El aburrimiento mortal que me inocularon Jaime Rosales y Leos Carax todavía circulaba por mi sangre, adormeciéndome a horas insospechadas del día, como un enfermo de narcolepsia que cayera redondo al recordar las escenas y los argumentos. Para sobrevivir a este mal paralizante, que me impedía encender de nuevo los vídeos y ordenadores, me he refugiado en el cochambroso apartamento del 221B de Baker Street, en Londres. Sherlock es una serie modélica, irrepetible, a la que he dedicado muy pocos esfuerzos en este diario porque es imposible escribir sobre ella sin desvelar spoilers, o sin caer en la prosa más babosa del espectador fascinado. Hay tanta inteligencia en esos guiones –intrincados, elegantes, prodigiosos- que escribir sobre tales hazañas, en estas páginas de escritura anodina y provincial, sería un ejercicio insolente que me dejaría tambaleando al borde del ridículo.



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