Holy motors

Había leído críticas muy exaltadas sobre esta película francesa titulada, de un modo extraño y muy británico, Holy motors. Los críticos de guardia peleaban entre sí por encontrar expresiones más altas que la tan manida “obra maestra”, o “película excepcional”. Y uno, que estos días andaba con prisa y bastante despistado, se lanzó de cabeza a Holy motors sin pasar el trámite obligado de una segunda opinión. Me hubiera venido bien el aviso de que esta piscina, contrariamente a lo que aseguraban, no tenía agua para amortiguar la zambullida. Porque la hostia ha sido morrocotuda. El agua que decían pura y cristalina, de un cine esencial y desatado, que manaba de las fuentes primordiales del séptimo arte y no sé cuantas gilipolleces más, no era más que un espejismo compartido por estos lunáticos que ven las películas con los ojos torcidos y el espíritu crítico vuelto del revés. Una psicosis colectiva como las que preside la Virgen María en sus apariciones, o Mariano Yojar en sus mítines multitudinarios. Leos Carax, el director, también goza del poder mesiánico de arrastrar a los críticos en los festivales, y los convence de haber convertido las heces de la mañana en vino de Burdeos. Ha sido ahora, en el sopor de la noche ya calurosa, indignado y flipado a partes iguales, cuando he descubierto que Boyero y Marchante, mis oráculos de Delfos, mis críticos de cabecera, mis guías espirituales en este asunto primordial del cine, echaban pestes de Holy motors en sus críticas, por ser película estúpida y pretenciosa. No les leí a tiempo, antes de enfrentarme al monstruo desarmado de armas y coraza. Ahora, en el insomnio, me lamo las heridas, y juro próxima venganza. Que será el desquite de no volver a ver, de no volver a tener en cuenta.


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