Agosto

            De familias mal avenidas que aprovechan una boda o un funeral para ajustar cuentas está la historia del cine muy corta de existencias. De las otras películas, con final feliz y arrumacos en el sofá, de padres finalmente amados e hijos finalmente perdonados, hay muchísimas más, infinitas más, pues ellas son la chicha del negocio, y los cineastas tienen que comer y alimentar a sus familias. Pero eso sí: el género pesimista siempre ha dado mejores películas, mucho mejores, que este otro paraíso de las nubes rosas y los cielos límpidos de amor. Sólo hay que recordar Celebración, tan nórdica, o American Beauty, tan yanqui, o la saga misma de El Padrino, tan obra maestra, que resumida en dos líneas es el drama existencial de unos psicópatas condenados a mantener una familia –famiglia- que en el fondo odian o desprecian. Los dramones donde los consanguíneos se lían a repartir insultos e incluso hostias se vuelven inolvidables porque sus personajes se comportan con una sinceridad que en la vida real, siempre coercitiva e inoportuna, casi nunca sale a la luz. Todo lo que uno se calla en los bautizos o en las comuniones, porque sería de muy mal gusto, y porque además alguien podría partirnos la cara, sale en estos guiones seguramente escritos por gente que también vivió esas convivencias, haciendo anagramas con los nombres de sus seres queridos para colocárselos a los personajes de ficción.



Este género maldito (del que Agosto, vista hoy, ya es un referente inolvidable) es una vía de escape para el espectador amordazado, un regocijo para los espíritus más cínicos y defraudados. Agosto es la confirmación, en boca de otros, de sospechas y pensamientos muy particulares.  A lo mejor es que a uno siempre le ha ido mal con las familias -la paterna, la materna, la política- y se siente reconocido en estos ambientes disfuncionales donde reinan los malvados y los estúpidos, las egoístas y las taradas. Los espectadores que viven en familias ejemplares y amantísimas piensan que películas como Agosto son un vodevil, una exageración, una ópera bufa. Que sólo en líneas genéticas muy alteradas, de mucha mutación aleatoria y mucho capricho de los cromosomas, se dan estos espectáculos de malquerencias venenosas y traumas que solidifican en la sangre. Pero están lejos, muy lejos de la realidad. Tal vez, incluso, muy lejos de su propia realidad. Mejor que no rasquen el barniz, que no limpien en profundidad, que no vayan muy lejos en sus confesiones con el señor cura. Lo normal es llevarse mal con la propia familia, porque cada uno es diferente, particular, sujeto azaroso de una combinación genética que te hace pariente, pero nunca amigo por decreto. La amistad, dentro de la familia, hay que trabajarla como cualquier amistad del trabajo o del equipo de fútbol. No hay camino andado de antemano. Unas coincidencias en la secuencia de bases no es garantía de nada. Al revés: la convivencia, por forzosa,  suele ser el principio del fin.




Escucho, mientras camino por los montes, estos versos del llorado Germán Coppini, que podrían haber sido míos si tuviera la grandeza de su poesía. Son de la canción Tendré que levantarme algún día:

Como alma en pena encerrado
en el cuarto de los huéspedes,
creando aureolas de fantasía..
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