A propósito de Llewyn Davis

“Los triunfadores se erigen sobre las ruinas de los fracasados”. Podría ser una frase de Séneca, o de Marco Aurelio, o de algún presidente republicano de los Estados Unidos, pero en realidad me la acabo de inventar tras ver A propósito de Llewyn Davis. La última película de los hermanos Coen me ha sacado el ramalazo sentencioso que llevo dentro, porque es una película que habla del fracaso de los artistas, y yo, desde la modestia casi humillante de este blog, también me siento un artista fracasado. Uno que hace tiempo aspiró a salir de la provincia, a ver sus textos publicados en la capital, a firmar ejemplares en el Paseo de Recoletos, a recibir un cheque mensual con los jugosos royalties de las ventas… A ser invitado, en definitiva, a fiestas de alto copete donde mujeres bellísimas de traje negro y labios rojísimos se interesaban por mi persona y me devoraban con la mirada. No olvidemos que la literatura, como la música, como cualquier actividad artística emprendida por los hombres, sólo es una sofisticada estrategia para encontrar pareja sexual. Menos evidente que los músculos, que los cochazos, que las poses de chuleta. Más insidiosa, más indirecta, más trabajada. Y no por ello, curiosamente, más eficaz. De ahí la misoginia venenosa de los artistas, en el fracaso, y también nuestro romanticismo incurable, en los ensueños. Yo nunca me quejo de no tener lectores, pero sí, amargamente, de no tener lectoras.




Llewyn Davis es un cantante folk que allá por los años sesenta malvive y maltoca en los garitos de Nueva York. Aunque uno no se confiesa lego en este género musical, porque en España nunca tuvo predicamento, y el poco que lo tuvo se lo cargó María Ostiz de un plumazo muy cursi y algo facha, las canciones de Llewyn Davis suenan bien trabajadas y bien cantadas. Se ve que es un artista valioso, con talento, que enamora a las chavalas y hace pensar a los maromos que las acompañan en los conciertos. Pero a Llewyn, como a tantos otros, le falta el empujón de la suerte, el visto bueno del cazatalentos, el padrinazgo de alguien que maneje dinero y confíe en la inversión. Llewyn es uno más en el panorama musical de su época. Un desventurado habitual en las películas de los hermanos Coen, al que la desgracia y la mala suerte persiguen por doquier, jodiéndole la vida poco a poco, mordisco a mordisco, no de un solo golpe cancerígeno o traumático, sino lentamente, casi con saña. La hijaputa de la vida… Al final de la película, mientras Llewyn ahoga sus penas en la barra del garito, en el escenario, sentado en la misma silla que él acaba de dejar, un chaval de pelo rizado armado de guitarra y armónica se labra la gloria que a él –quizá igual de talentoso- le estará vedada para el futuro. Porque sólo hay sitio para uno, en cada competencia de la vida. Lo mismo en la música que en los diarios cinéfilos o que en el lateral izquierdo de la Selección Española. El que gana necesita que los demás fracasen delante de él. Ellos formarán el trampolín humano sobre el que poder saltar y encaramarse a lo alto. Algo así decía la maestra de Billy Elliot en la película, cuando el chaval ya apuntaba maneras en la danza: para que tú triunfes, muchos tenemos que fracasar; tu éxito, en cierto modo, también será el nuestro.


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