Tierra prometida

            La versión española de Tierra prometida tendría lugar en un secarral castellano donde los ingenieros de Repsol encuentran, en el subsuelo, una reserva de gas natural de la hostia para arriba. A Villaliebres de la Sierra llegaría un Matt Damon moreno, madrileño, repeinado de gomina, un gilipollas de Nuevas Generaciones que realiza sus primeros trabajos de ejecutivo agresivo en la nueva España liberal. ¿Su misión?: convencer a cuatro paletos de vender sus garbanzales  a cambio de un buen fajo de millones, para que las perforadoras de la empresa hagan el fracking y encuentren las reservas energéticas que habrán de librarnos de la servidumbre de los moros. Esta película duraría poco más de diez minutos, justo lo que tardarían los parroquianos del bar en sellar el acuerdo con el ejecutivo, él con sus manos callosas de jugar al pádel, ellos con las zarpas brutales de sostener la azada y arrancar los tallos. Tal vez Nemesio o Belarmino pusieran algún reparo a la transacción, allá en la mesa donde dormitan la siesta junto a  las moscas, pero el pueblo unido les haría callar rápidamente. ¿Quién no iba a cambiar el páramo, el tractor, la casa de adobe, por los millones frescos que ofrece el chico sonriente de las gafas de sol y el maletín reluciente? ¿A quién coño le iba a importar un riesgo medioambiental en Villaliebres de la Sierra, si en cincuenta kilómetros a la redonda apenas queda gente? Y apenas liebres, además. No habría caso, ni película como tal. Ningún espectador iba a sentir pena cuando un escape de gas arruinara un paisaje ya arruinado de por sí.




Tierra prometida, en cambio, la película original de Gus van Sant, dura dos horas y pico porque los paletos a los que Matt Damon y su compañera tratan de convencer viven en un idílico pueblo de las montañas de Pensilvania. Un rincón encantador donde todo es verde y la gente es joven y animosa. En Villaliebres ya no hay colegio, ni campo de fútbol, ni consulta de atención primaria. Los mismos correligionarios del chaval que ahora les ofrece el dinero se encargaron de arruinarlos con los recortes. Vivían por encima de sus posibilidades, les aseguraron en la última campaña electoral. En el pueblo de Pensilvania, en cambio, tienen un centro comercial, un pabellón deportivo, un colegio recién pintado. Y unas anglosajonas preciosas de pechos triunfantes y zancadas de gacela, no como las paisanas del culo derrumbado de Villaliebres, que pasaron directamente de la niñez a esta madurez nada apetecible para el sexo. Mucho mejor la baraja, o el dominó, dónde va usted a parar. En la película americana, aunque sea aburrida, uno toma partido por los que no quieren vender sus posesiones, y la tensión dramática te va llevando hasta el final aunque bosteces de vez en cuando. Hay un edén en juego. En el remake hispánico, cuando lo hagan, nos va a importar un pimiento el desenlace. Pero a lo mejor nos reímos más, quién sabe.


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