Hijos de los hombres

Hay quien habla de la inocencia de los niños como de un hecho científico demostrado, y se sorprende cuando alguien que trata con ellos rebate los argumentos. Estos ignorantes tratan a los niños como a querubines que sólo perpetran el mal por error o por desconocimiento. Se ve que un día leyeron a Rousseau en el instituto y se les ha quedado la monserga del insigne bobalicón. Suelen ser gentes que  tratan poco con la infancia: las tías solteronas, los jóvenes de marcha, los tontos del culo. Los que trabajamos la materia sabemos que los niños son tan caprichosos e hijoputas como las personas mayores. Porque nadie cambia, y los adultos que ahora nos amargan la vida ya eran así de niños, en los colegios, en los parques, puteando al personal con la piruleta en la mano, o con el balón en el pie. La hijaputez es una cualidad del alma que no se adquiere con la edad, en la adolescencia, como un efecto secundario de la testosterona o de los estrógenos. La hijaputez viene inscrita en los genes, en algún cromosoma de los muy importantes, y aflora nada más nacer, en el primer llanto, con el primer engaño.




            Los niños te mienten, te enredan, te buscan las vueltas. Sólo buscan el provecho propio y sangrarte la paciencia.  Son polluelos que nunca dejan de piar. Te rodean, te persiguen, te atosigan.  Uno desearía, en los peores momentos del acoso, un mundo sin niños, un paraíso de silencio en el que las voces agudas ya no piden el turno o exigen la gominola. Un mundo parecido a este que retrata Alfonso Cuarón en Hijos de los hombres, donde los sueños de Herodes aparecen convertidos en realidad. En el año 2027 el habitante más joven del mundo tendrá dieciocho años. Ya no hay niños tocando los cojones en los hogares o en las calles. Una extraña epidemia de infertilidad dejó a la humanidad sin descendencia ni relevo. En ese Londres apocalíptico de la película, que es todo basura y soldados armados, los colegios están abandonados derruidos, los columpios abandonados, las gentes desesperadas. Medio siglo más de esterilidad global y todo habrá terminado. Las cucarachas y las ratas tomarán el relevo de la civilización humana cuando muera el último mohicano. Uno, que es monárquico de Herodes en la intimidad, sonríe satisfecho en los primeros minutos de la película. Pero luego comprende que un mundo sin niños sería la agonía insufrible de la humanidad. Mejor un holocausto nuclear instantáneo que la lenta decadencia de los viejos sucediéndose en la muerte. Ni los más acérrimos de Herodes desearíamos un mundo como ése. Nosotros sólo pedimos una contención, una educación, un poco de mano dura. Que el mito de la inocencia infantil desaparezca de los libros de texto y de las conversaciones en las peluquerías. Que regrese la jerarquía natural de las edades. Que los niños dejen ya de joder con la pelota. 


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