Amor y letras

"Nadie se siente como un adulto. Es el secreto más sucio del mundo. En esta sentencia del personaje de Richard Jenkins se resume la idea central de Amor y letras, la segunda película de Josh Radnor, jovenzuelo de verbo suelto y diálogos chisposos al que le falta la mala uva de Woody Allen, y le sobra el empalago de sus amoríos asexuados y tontorrones.
En Amor y letras, Jenkins es un profesor de universidad a las puertas del retiro que confiesa tener una edad mental de diecinueve años, y eso le provoca serios conflictos cuando ha de tomar decisiones que se presuponen maduras y responsables. Lo que no sabe es si su reloj mental se detuvo ahí porque la pila de su cerebro se agotó antes de tiempo,  o si ha terminado por mimetizarse con el ambiente estudiantil tras treinta años de docencia ininterrumpida. Uno, desde su sofá ya recalentado por la primavera, entiende de sobra al personaje de Richard Jenkins, porque padece su misma tara mental, su misma incapacidad de madurar. Yo, en concreto, me quedé en los veintidós años, y miro el mundo a través de esas gafas deformadas y falaces. Me veo en el espejo y no reconozco al cuarentón de mirada hosca que tampoco me  reconoce desde su lado de la realidad. "Hay un tipo dentro del espejo, que me mira con cara de conejo", cantaban Los Ilegales. Si aparto la mirada y me olvido del tipo,  vuelvo a ser el chico de veintipocos años que a veces acertaba de cojones y a veces metía la pata hasta el corvejón. No se ha extinguido mi amor por las veinteañeras, ni mi fervor por el Real Madrid, ni la pasión exagerada y neurótica por las películas. Aún hoy voto lo mismo, pienso lo mismo, odio lo mismo. Ninguna madurez ha venido a cambiar mis esquemas mentales. El resto es disimulo y apariencia. Apenas me recubre una fina capa de colores oxidados. Si rascas con el dedo, descubrirás que dentro sigue viviendo un chaval de mirada corta y pasiones irreductibles. En Amor y letras aseguran que todos los adultos somos así: un disimulo permanente de madurez. Una pelea de pollitos disfrazados de gallos. 




            (Y vuelvo a enamorarme, pues es imposible no hacerlo, de Elizabeth Olsen, la mujer bellísima que tiene pensión pagada en este diario. Siempre está por ahí, revoloteando a su alrededor, como una de sus musas inspiradoras. Cada pocos meses hace parada y fonda en esta mesa donde yo tecleo, y así puedo recrearme de nuevo en su hermosura. Hoy teníamos cita).


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