Stockholm

Después de ver ganar a las glorias deportivas que campean por España, decido prolongar el día con una película que me seduzca hasta las doce de la noche, engañando a la depresión postcoital que sobreviene tras  las victorias futbolísticas. Elijo, entre las más de treinta películas que tengo pendientes de estreno, una española que lleva por título Stockholm. Antes de darle al play, sin más referencias que unas cuantas estrellas en las calificaciones de la prensa, me voy imaginando yo solito el argumento: un españolito sin trabajo,  joven aunque sobradamente preparado, hace las maletas y coge el primer avión de Scandinavian Airlines para plantarse en la idílica tierra de los suecos, instalándose en el piso de un amiguete de Madrid. Allí se abre paso en el mercado laboral con su inglés de nivel medio y sus ganas de comerse el mundo. Tras pasarlas canutas en los primeros meses, trabajando de cualquier cosa en bares y restaurantes, le ofrecen, por fin, gracias a la intermediación de un cliente satisfecho,  una plaza de profesor de español en un instituto limpísimo y eficiente. Allí se enamora, y es correspondido, de una suecorra preciosa de ojos azules y cabello como el oro que se troncha de risa con su gracejo mediterráneo. Se casarán, tendrán un hijo, y sólo viajaran a España una vez al año, por navidades, para hacer acopio de jamones y chorizos. Un historia típica de Españoles por el mundo convertida por fin en película de hora y media. Yo me frotaba las manos pensando que Stockholm estaba rodada en Estocolmo, y que iba a contemplar, de nuevo, esa sociedad envidiable de los escandinavos, donde el Estado cumple con sus obligaciones, los ciudadanos cumplen con las suyas y las mujeres vikingas son el sueño inalcanzable de todos los que vivimos  a tres mil kilómetros de distancia, hundidos en el sur moreno y resalao.



            Pero pasan los minutos, y se suceden las fiestas, y las conversaciones, y los escarceos sexuales entre la juventud,  y la trama de Stockholm, pese a su título, nunca sale de las calles de Madrid, ni del piso de Madrid donde la pareja protagonista hará y dirá cosas que aquí no se pueden desvelar. Desde la terraza del edificio se ve la Puerta del Sol, y el cielo gris que anuncia chubascos en la meseta. Suecia está muy lejos, al norte, riéndose de nuestra crisis económica, de nuestro incivismo social. La cosa no iba, finalmente, por ahí. Stockholm es un estudio antropológico sobre la guerra de los sexos, y hace alusión, de un modo muy retorcido, al Síndrome de Estocolmo que sufren los amantes enzarzados en la lucha. Él chico en cuestión es secuestrado por la belleza indescriptible de esta actriz que yo no conocía, Aura Garrido, que tiene un nombre como de ángel, y una hermosura que sólo se ve en los sueños de las pantallas. Ella, la chica de la película, como todas las guapas del mundo, verá secuestrada su voluntad  por las malas artes del ligón irresistible. Las mujeres como ella han venido al mundo sin un detector de cerdos manipuladores, y sucumben al primer piropo y al primer galanteo que les conduce hacia la trampa. Pobres chicas preciosas. Y pobres de nosotros también, los tipos decentes que las amamos en la distancia. Nuestro destino es no encontrarnos jamás. Ni en Madrid, ni en Estocolmo.


2 comentarios:

  1. ¿Entonces te ha gustado o no? Para mí es un peliculón como la copa de un pino.

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  2. Of course que sí. Siento que no quedara claro. Este blog no responde al esquema me gusta/no me gusta, porque las películas no son más que excusas para desbarrar, y a veces me olvido de calificar. Gracias, de todos modos, por seguir leyendo.

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