La gran belleza

Sentía mucha curiosidad por ver La gran belleza, porque críticos muy respetables, y amistades muy convincentes, insistían una y otra vez en que no podía postergarla. Antes de que nazca la primera imagen, leemos una sentencia de Céline que habla de la vida como un viaje, como una ilusión, como una novela en marcha que es igual de ficticia que la propia literatura. El significado no se entiende muy bien, la verdad, sobre todo si se posee una inteligencia tan poco sensible como la mía, sorda y ciega a la poesía, a la metáfora, a todo lo que no sea pura carne y duro metal. Mi cerebro es científico y frío, amasijo de neuronas que analizan la realidad pero nunca logran trascenderla. Las películas que empiezan con estas adivinanzas de literatos suelen ponerme a la defensiva. Pero aquí, en La gran belleza, no sé por qué, siento desde el inicio que me están contando algo muy bello, y también muy personal. Porque la película a veces parece real y a veces parece un sueño, y mi vida, últimamente, es una experiencia continua en la que no sé muy bien si estoy dormido y si estoy despierto, pues todo se enreda y se mezcla, y en los sueños se me aparecen personajes de la vigilia, y en la vigilia personajes del sueño, y todos me hablan del mismo tema obsesivo: la decadencia. 






    La decadencia es esa enfermedad incurable, y a la larga mortal, que en La gran belleza hace de Roma una ciudad tan triste como enigmática. La misma decadencia que paraliza la vocación literaria de Jep Gambardella, periodista de la crónica social, sesentón y bon vivant, rey de la noche romana más desenfadada, dueño de un apartamento de lujo con vistas al Coliseo donde se reune la segunda fila de la jet set a montar sus parrandas. Allí, entre bailoteos y martinis, en las sobremesas y en las sobrecenas, esta fauna nocturna filosofa sobre la vida. Todos se saben navegando en el último barco, y ya nunca hablan de los sueños por cumplir, sino de los sueños que una vez pretendieron y la vida caprichosa les regaló o les denegó. Qué mejor marco que Roma para hablar de lo que una vez fue y ya nunca será. Para dejarse llevar por la nostalgia que el alcohol inocula como un veneno. Para hablar de los viejos escritos, de los viejos amores, de los viejos amigos, ahora que todo se ha consumado, y que ya sólo queda esperar, y reírse un poco de uno mismo.



        Una noche, Stefania, invitada orgullosa y desenfadada, comienza a echarles en cara su pasividad, su banalidad, su cháchara intrascendente y diletante, mientras que ella se autoproclama activista social, profesional infatigable, madre ejemplar.

    Stefania: He sufrido, me levanté de nuevo, y he aprendido muchas cosas de la vida... Bien, veo que no rebatís más.
   Jep Gambardella: No rebatimos porque te queremos. No queremos dejarte en ridículo. Pero todo este orgullo, esta ostentación de tu "yo, yo"... Estos juicios cortados con hacha esconden fragilidad y disgusto. Esconden mentiras. Nosotros te conocemos, te queremos. Conocemos también nuestras mentiras, pero por eso, a diferencia tuya, hablamos de cosas banales, de tonterías y de inmundicias. No tenemos intención de medirnos con nuestra mezquindad. 

            Dicho esto, Jep procede a desmantelar el mito viviente de su amiga Stefania. Porque en la Roma nocturna todo el mundo se conoce, y los secretos van cantando en voz alta por las calles. Stefania quedará desnudada ante la audiencia. Como roja, justita; como profesional; mediocre; como madre, una pasota. Stefania, avergonzada, rompe a llorar.

    Jep Gambardella: Stefá... Madre y mujer. Tienes 53 años y una vida devastada. Como todos nosotros. Así que en lugar de darnos clases de ética y mirarnos con antipatía, deberías mirarnos con afecto. Estamos todos bajo el umbral de la desesperación. No tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía, tomarnos el pelo. ¿O no? 


3 comentarios:

  1. Qué envidia me da cuando alguien atesora tanto talento, cada entrada tuya es un íntimo regalo, ya he leído unas cuantas.

    Esta película la vi dos veces en una misma semana, cuando uno se encuentra ante tal desparrame de genialidad, es lo que tiene.

    Hoy, el menú ha sido la germana “Ha vuelto” de David Wnendt, no te la pierdas.

    Un saludo.

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    1. La Gran Belleza es una película difícil de explicar, e incomprensible a ratos. Pero es fascinante de cabo y rabo, y te deja un poso de tristeza, por el paso del tiempo, y la decadencia. Una obra maestra.
      Ha Vuelto me da un poco de pereza, lo confieso, porque empecé a leer la novela y la dejé a la mitad. Si no tienes un Máster en Historia Alemana, y no has vivido allí al menos treinta años, no se pueden entender la mitad de los chistes.
      Gracias por leer estas paridas, y por aportar tus recomendaciones. Un saludo.

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  2. Espero que esto desmonte tu argumento.

    Diez películas que son mejores que el libro en el que están basadas, y no están todas las que son.

    http://blogs.publico.es/strambotic/2016/04/pelis-mejores/

    Saludos.





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