Crimen ferpecto

Creo recordar que hace meses, en los comienzos de este blog, reflexionaba conmigo mismo, y con los cuatro gatos del callejón que entonces me leían (y que son los mismos que me leen ahora), sobre el momento oportuno de elegir una comedia para llegar a la medianoche. ¿En los días alegres, para que no decaiga el ánimo y ponerle broche a la fiesta? ¿En los días oscuros, para que uno se distraiga al menos con las ocurrencias de actores y guionistas? Conozco gente incapaz de ver una comedia en los tiempos tristes del alma, porque todo se les vuelve desolación y oscuridad, y gente, en cambio, que necesita un dramón para poner fin a los días festivos, porque quieren poner los pies en el suelo y tumbarse en la cama con el ánimo equilibrado. 



            Uno, la verdad, nunca ha sabido elaborar una teoría consistente sobre sí mismo y las comedias. Participo de ambas teorías según los caprichos insondables de mi espíritu. Vivo al albur de las emociones que surgen en el momento, como una mujer en el momento más inestable de su ciclo menstrual. Ayer mismo, sin ir más lejos, con este ánimo derribado por los suelos, una comedia en mi televisor hubiera quedado igual de inoportuna que bailar la conga en un funeral. Hoy, sin embargo, veinticuatro horas después, con el ánimo todavía sin recoger, ya convertido en charco de petróleo sobre las baldosas del salón, una comedia en la medianoche me parecía la elección más ajustada para regular mi humor, que de pronto necesitaba desfogarse y olvidarse de sí mismo. Le debía una comedia a Álex de la Iglesia, con el que últimamente estoy reanudando lazos de admiración, y entre unas cosas y otras me he decantado por Crimen ferpecto, que no la recuerdo como una gran comedia, pero sí como una película tonificante, divertida, con mucha enjundia detrás de las gracias del zangolotino Willy Toledo. Acostumbrados a la comedia romántica de los americanos, estúpida e hipócrita, donde todos hablan sin parar de la belleza interior para luego quedarse con la tía más jamona, o con el galán más apuesto,  se agradece una comedia española, esperpéntica y abrasiva,  donde el pan es pan y el vino es vino, y se pone en claro que hay feas que ni siquiera son bellas por dentro, pues tienen el alma podrida y el veneno en la punta de la lengua. Que fealdad no es sinónimo de simpatía, ni de misterio, ni de cualidades ocultas del ingenio o de la bondad. Que a veces la fealdad viene sola, cruda, sin adornos. Que la vida es muy espléndida con las mujeres hermosas que además son inteligentes y tienen sentido del humor, y muy perra, muy hija de puta, con las feas que además son estúpidas, o malvadas, o vienen al mundo con la carcasa vacía. Que las feas, y los feos, a veces sólo somos eso, gente fea, no ranas de charca que precisan de un beso para florecer, como en los american films de los cojones.


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