Le Week-End

En Le Week-End, una pareja de sexagenarios británicos deciden pasar su aniversario de bodas en París, a todo trapo, sin reparar en hoteles de lujo ni en restaurantes de postín. Él es profesor en la Universidad, y lo han invitado a jubilarse tras hacer unos comentarios desafortunados. Su mujer, profesora de biología en un instituto, está a punto de abandonar la nave zozobrante de la educación. Este fin de semana en París será `probablemente el último de su esplendor económico, y tal vez sexual. Como sucede en cualquier matrimonio veterano, es obvio que ellos ya no se aman, pero siguen necesitando la compañía. El amor es un sentimiento reservado a los más jóvenes, que viven la ilusión del tiempo infinito, el placer somático del sexo, la creencia de que las personas cambian con el tiempo y se amoldan a nuestros deseos. Los jóvenes aman  porque follan mucho, y sostienen filosofías poco maduras. Los matrimonios como este de Le Week-End ya han cruzado todos los volcanes, todos los abismos, y el paisaje final es un páramo aburrido donde ya no hace ni frío ni calor. Ahora reinan los sentimientos tibios, el cariño, o el respeto, según el día o las circunstancias. Como un par de niños en vacaciones, estos británicos de parranda juegan a que se enfadan, a que se separan, a que se van con otras parejas a vivir la noche francesa, pero saben, en el fondo, aunque París les envuelva como una ciudad de luz y tentaciones, que su destino final es seguir juntos. Y más ahora, que ya no valen un euro en el mercado de las parejas, y que las enfermedades hacen cola en la puerta y ya empiezan a golpear tímidamente, toc, toc...



            Tenía razón, finalmente, Homer Simpson, cuando decía aquello de que "no estoy gordo, es el metabolismo". Leo en el periódico que unos científicos de Chicago y de Sevilla, que colaboraban en la secuenciación laboriosa de los genes, han descubierto a un hijoputa muy travieso llamado iroquois 3, o IRX3, un gen que regula la actividad del hipotálamo en el cerebro y provoca la acumulación excesiva de grasa en el organismo. Lo han detectado, como suele suceder en el mundo de la ciencia, casi por casualidad, cuando seguían la pista de otro cabronazo llamado FTO, que al final tenía coartada y era más inocente que el asa de un cubo. Un caso típico de investigación policial. Parece una buena noticia, esta detención del principal sospechoso, al que los científicos podrían desactivar con un par de fármacos bien disparados. El problema es que IRX3 es un gen muy importante, y muy laborioso, que participa en la regulación metabólica de todos los órganos vitales. Algo así como un capo de la Mafia cuyos tentáculos llegan a todas las actividades económicas. Lo paralizas de sopetón, y te cargas la economía. Los científicos del caso están seguros de que habrá una pastilla en el futuro que nos devuelva a la delgadez y a la alegría. Pero hay que ir con mucho cuidado, no sea que la pastilla nos convierta en adonis por un lado y nos joda las meninges por el otro, que ya ves tú, la ganancia. Vuelve, en cualquier caso, la esperanza. Y hago mía, para siempre, la disculpa inmortal de Homer Simpson. "No es el chorizo, es el IRX3".


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