Rush

Cuando yo era pequeño, nuestras madres lloraban mucho con aquella canción que Roberto Carlos -el cantautor, no el futbolista- le dedicó a su madre. Lady Laura, abrázame fuerte, Lady Laura...  Nosotros, los chavales, que ya veíamos la Fórmula 1 en la tele y flipábamos con el rugido de los motores, nos burlábamos de nuestras madres cantando Niki Lauda, abrázame fuerte, Niki Lauda... Era la chorrada de moda entre los críos del arrabal, mientras jugábamos a la Fórmula 1 con las chapas de la Mirinda allá en las cuestas pronunciadas, donde  trazábamos con tiza unos circuitos de mucho mareo y luego le dábamos con tiento al bólido para que no se saliera en las curvas. Yo era muy de Niki Lauda, y en mi escudería de la naranjada él corría siempre con su cara recortada. Me hacía mucha gracia, su nombre, y además me daba pena su rostro desfigurado, y su gesto siempre hosco. Pensábamos, además, en nuestra ignorancia supina, que Niki no se comía una rosca entre las bellezas de tronío, que seguramente lo miraban un instante y salían espantadas.        




            Qué poco sabíamos del poder afrodisíaco del dinero, y de la fama, tontainas  del suburbio que aún discutíamos sobre la virginidad de María en clase de religión. El mismo personaje de James Hunt, en Rush, que es la película que ha desatado esta ristra de recuerdos, decía al principio de la película:
            "Tengo una teoría de porqué a las mujeres les gustan los pilotos. No es porque respeten lo que hacemos, correr dando vueltas y vueltas... La mayoría creen que es ridículo, y quizá tengan razón. Es la proximidad con la muerte. Cuanto más cerca estás de la muerte más vivo te sientes, más vivo estás, y ellas lo notan, lo sienten en ti".
            Es una manera muy poética de decir que las mujeres se vuelven locas con la testosterona, y que en esta predilección  llevan su cara y su cruz, su gozo y su condena, pues el mismo macho que las vuelve tarumba luego les pone los cuernos con otra mujer, o se pega una hostia mortal haciendo el imbécil con los amigos. Porque la testosterona es lo que tiene, que es eruptiva e ingobernable, y cuando fluye a chorros por la sangre te convierte en un semidiós irresponsable, que lo mismo te empuja a escalar montañas y caerte que a subirte a un Fórmula 1 y estrellarte. En los tiempos prehistóricos, la testosterona era un recurso de mucha utilidad, porque había que arrimarse al mamut, y pelearse con la hiena, y el que no iba hormonado hasta las cejas no podía alimentar a su prole. Los muy valientes eran los preferidos por las hembras, no por capricho, sino por necesidad. Bienaventurados sean, porque de ellos descendemos todos los que aquí nos congregamos, alrededor del blog. Pero ahora, en el siglo XXI, con la tecnología y los mandos a distancia, sólo hay que saber leer para desempeñarse por la vida. Ya no es necesario presumir de músculo, de velocidad, de loca impulsividad. Los hombres sosegados y tranquilos gobiernan el mundo desde sus ordenadores. Son flacuchos, gafosos, inteligentes. Hace 20.000 se hubieran muerto de hambre por las estepas. Ahora dirigen nuestras vidas a golpe de ratón, y las mujeres inteligentes y bellísimas se pirran por ellos. 


           
           Niki Lauda, abrázame fuerte, Niki Lauda... Qué gran tontería. Qué gran mariconada. Qué pensarían de nosotros, las mentes sensatas del vecindario. Que cualquier día nos iríamos a Madrid, a la Movida, a hacer la tourné con Pedro Almodóvar y Fanny McNamara. No se me va la  tontería de la cabeza, como un blandiblup con tentáculos que se me hubiera pegado a las meninges. Niki Lauda, ab... Basta. Yo venía aquí a hablar de mi blog, y de Rush, la película que ha cerrado este jueves lluvioso de la primavera. Uno esperaba muy poco de la torpeza habitual de Ron Howard, siempre tan plano y previsible, pero al final, en los títulos de crédito, cuando he leído que el guionista era Peter Morgan, he comprendido por qué Rush me ha hecho olvidar que hoy era jueves por la noche, y que yo estaba muy cansado, y muy decepcionado con el mundo. Rush es la historia del duelo personal que mantuvieron Niki Lauda y James Hunt por el campeonato mundial de 1976. El mismo año en el que Niki se pegó aquella hostia histórica en el circuito de Nurburgring, y se vio atrapado en su Ferrari en llamas durante más de un minuto, perdiendo la piel de la cara. Aunque en el hospital casi le dieron por muerto, y un cura católico (siempre sobrevolando la carroña) llegó a ponerle la extremaunción, cuarenta días después ya estaba compitiendo otra vez, el tío macho, persiguiendo el sueño del campeonato a pesar de los dolores, y del miedo a volver a estrellarse. Recuerdo aquellas imágenes de algún documental en la tele, y parece un milagro, muy católico también, que Niki Lauda saliera vivo y casi entero de aquel amasijo infernal. El accidente es, por descontado, el momento cumbre de Rush. De lo que viene antes, y de lo que vino después, prefiero no decir nada, para que no me acusen de introducir spoilers en mis soliloquios. Pero vaya por delante que es una película sobre deportistas que se odian y en el fondo se admiran, porque no habría deporte sin rival, ni victoria sin perdedor, ni gloria sin gran contrincante.

Niki Lauda: En el hospital, la parte más dura fue la aspiración. Sacar toda la porquería de mis pulmones. Una tortura. Y mientras lo hacían miraba el televisor, A ti, ganando mis puntos.
James Junt: ¿Mis puntos?
Niki Lauda: Ese cabrón de Hunt.... ¡Odio a ese hombre! Pero un día vino el médico y me dijo: "Señor Lauda, ¿Puedo darle un consejo? Deje de pensar que es una maldición tener un enemigo. Podría ser una bendición. Un sabio saca más de sus enemigos que un necio de sus amigos". ¿Y sabes qué? Tenía razón. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com