Nebraska

Las familias son un buen tema de estudio para el antropólogo aficionado pero distante. Hablo de las grandes familias que reúnen cien primos y cien cuñados al calorcillo de las bodas, y al fresquillo de los sepelios. Las grandes familias reunidas son el infierno en la Tierra para cualquier misántropo. No caben más estupideces, más engreimientos, más mentiras por metro cuadrado apiñadas en el banquete, o en la cafetería del tanatorio. A uno, cuando iba a estas cosas, siempre le ahogaba el aire, el calor, el ansia de huir. Desertor de este ejército incruento de las palabras como cuchillos, uno, en los últimos años, sabe de las grandes familias gracias a las películas  y a las series. Sobre todo de las familias norteamericanas, que uno se topa prácticamente todos los días, lo mismo en los dramas que en las comedias. Podría hacer una tesis doctoral sobre este asunto sin tocar un solo libro, ni consultar a un solo especialista. Casi podríamos decir que es mi tema, y tal, pues las he frecuentado desde la más tierna infancia, desde Con ocho basta o La casa de la Pradera. Allá en América he conocido familias de todos los colores, de todos los credos, de todas las geografías. Jamás he probado el pastel de cerezas, ni la mantequilla de cacahuete, pero sé de sobra a qué saben estos productos, porque a fuerza de imaginarlos han dejado su huella en el paladar.



            Nebraska, que cuenta las andanzas de un anciano borrachín que busca un millón de dólares ficticio, no es, pese a las apariencias, una película más del subgénero. Alexander Payne, el director, al que en este blog se le profesa una admiración especial, jamás sigue las huellas que otros han ido dejando. Lo suyo es adentrarse por los caminos personales, a riesgo de hacer el ridículo, o de perderse en vericuetos. Él es, por fortuna, un senderista experimentado, que siempre llega a la posada por el camino más insospechado, y te regala anécdotas y fotografías que otros más previsibles no lograron conseguir. Payne es consciente de que los cineastas americanos, cuando se ponen a contar el asunto de las familias, se quedan  muy cortos o muy largos. O nos presentan a gentes desestructuradas al borde de la psicopatía, o se regodean en otras que parecen imbéciles recién caídos de la nube, donde todo es armonía y buen rollo. El espectador medio no se ve representado en ninguno de los dos casos, porque las familias del cine americano son constructos del propio cine, que se han ido alejando con el tiempo de lo real. En Nebraska, Alexander Payne tira por la calle de en medio, que es la calle de lo normal, y nos presenta a una familia problemática pero pacífica en la que es muy difícil no verse reconocido,  y no reconocer a unos cuantos sujetos que forman parte de nuestra  propia parentela. Me gustaría entrar en detalles, pero no puedo. Sonrío varias veces cuando me topo con los tíos y primos que viven en Hawthorne, Nebraska. Sus eternas conversaciones sobre los coches y las distancias recorridas en ellos me traen a la memoria viejas convivencias. Se parecen tanto... Payne ha convertido su historia del terruño natal en una historia universal. En todas las familias cuecen habas, viene a decirnos, aunque allí las llamen beans, y en Invernalia alubias.


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