Gravity

Mi hijo y su padre hemos disfrutado mucho con Gravity. Aunque los astronautas de la película las pasen canutas allá arriba, hemos recuperado, durante hora y media, el sueño infantil de viajar en naves espaciales y contemplar los amaneceres sobre la Tierra.  Es una pena que ya no pisemos los restaurantes, perdón, los cines del pueblo, donde hace meses proyectaron esta película en pantalla grande. La experiencia tuvo que ser única, grandiosa,  casi religiosa si uno fuera creyente, con esa tierra de mil colores rotando a un lado y el espacio infinito amenazando en el otro. No hay un solo pixel que dé el cante en Gravity. Es la película que inaugura realmente el cine del siglo XXI. Es como si estuvieras, realmente, en el espacio, flotando al vaivén del viento solar y de los caprichos inerciales. Nosotros, en el salón, disponemos de un buen televisor, de un buen sonido, de una predisposición modélica de cinéfilos veteranos. Tenemos, además, la paciencia de esperar a que la buena gente del bucanerío ripee los DVDs y los Blu-rays que van saliendo al mercado, para que la experiencia tenga un mínimo de calidad. Meses después, si nos ha gustado la película, la compraremos en las rebajas, aunque sean cada vez menos frecuentes, y más cicateras, como si no existiera la crisis en este sector. A. y yo somos piratas de los buenos, de los que sólo roban a los tipos que hacen malas películas. Somos, por así decirlo, mecenas del buen cine, como florentinos ricachones del quattrocento que se hubieran reencarnado en dos panolis contemporáneos de León. 



            Uno sabe, desde que abandonó los mesones, perdón, las salas de cine, que se pierde experiencias visuales de primera categoría como esta de Gravity. Pero hace tiempo, justo desde que empecé a escribir este diario, que uno perdió la paciencia con los que hablaban, con los que comían, con los que jugueteaban, con los que paseaban, con los que se descojonaban, con los que responsables que consentían ese comportamiento que uno juzgaba incivil, pero que otros, sin embargo, consideran lo más natural del mundo, parte de la experiencia comunal. Para ellos, pues, la experiencia de los cojones. Llevo dos años queriendo acertar los quince Murcia-Sabadell de la quiniela y hacerme millonario de sopetón, para comprarme, entre otras cosas,  un chaletazo de salón  kilométrico en el que instalar un pantallón y un proyector HD hostias de novísima generación, y así no volver a echar de menos las salas de cine. Hasta entonces, siempre que vea películas como Gravity, me acordaré con tristeza de cuando iba al cine para ver el cine donde hay que verlo.


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