El impostor

Hace varios años, en un maratón de publicidad que programaron en Canal +, vi un anuncio que me dejó pensativo y deprimido. Pertenecía a una campaña preventiva del atropello de ciclistas en carretera. Al principio, un grupo de pandilleros aparece jugando al baloncesto en un subterráneo de mala muerte. Un voz en off se dirige al espectador: “Cuente los pases seguidos que va a dar el equipo blanco”. Uno piensa que en la cifra radica el misterio del producto anunciado, así que sigue el balón con atención, canturreando por dentro las cifras, hasta llegar a trece. La voz en off aparece de nuevo y pregunta: “¿Se ha fijado usted en el hombre vestido de oso que cruzaba la cancha?" ¿Qué hombre, qué oso?, se pregunta uno, sorprendido. Sólo había tipos pasándose el balón, y tipos defendiendo la jugada. El narrador anuncia: “Vamos a ver de nuevo la secuencia”. Y en efecto: por allí, entre los jugadores, paseándose con descaro, aparece un tipo disfrazado de oso. El mensaje de la campaña aparece entonces en pantalla: “Es fácil perderse algo que no estamos mirando”.  Al principio pensé que me habían  tomado el pelo, y que la repetición no era tal, sino un añadido diferente. Por fortuna, lo que estaba viendo era una grabación en vídeo del programa, así que rebobiné hasta el primer pase. El oso cruzaba la escena haciendo el moonwalking mientras parecía descojonarse de los espectadores tan lerdos como yo. Cómo no pude verlo… Es fácil perderse algo que no estamos mirando.




            He recordado esta experiencia mientras veía el documental El Impostor. La increíble pero veraz historia del chico encontrado en Linares que dijo ser Nicholas Barclay, un chaval que había desaparecido de San Antonio, Texas, tres años antes. El desconocido de Linares era un chico demasiado mayor, ya barbado,  con cara de adulto. Hablaba con acento francés, era moreno y tenía cara de chalado. Nicholas, en cambio, en las fotografías que la familia había cedido al FBI, aparece como un niño rubio de ojos azules. Y no hablaba, por supuesto, francés. Nicholas y el impostor se parecían como un huevo a una castaña. Aun así, el desconocido, con una simple tinción de su cabello, consiguió dar el pego a la policía española (lo cual no es muy difícil). Lo más sorprendente es que luego el FBI tampoco cayó en la cuenta del engaño, y que al final, en el colmo de los colmos, la propia familia de Nicholas acogió al impostor como al hijo que creían perdido y sin embargo regresó. Al inicio del documental, uno, como en el anuncio del baloncesto, fija la mirada en los propósitos Frédéric Bourdin, el embustero, un hombre misterioso que años después, ante las cámaras, confiesa la aventura delictiva que lo llevó a suplantar  a Nicholas Barclay, buscando, según él, un cariño que siempre le había faltado en su propia familia.  El personaje es un tipo odioso, y a la vez intrigante, casi seductor. La atención queda atrapada en sus palabras, y en sus motivos. Pero Bart Layton, el director del documental, es como la voz en off del anuncio. Al principio nos dice que atendamos al impostor, y lo convierte en actor principal del drama, pero luego, hacia la mitad del documental, no suelta una pregunta que le da un giro mayúsculo a la trama: "¿No se han fijado en la familia de San Antonio que baila el moonwalking?" Y hasta aquí puedo contar. El impostor es un documental que se ve como el mejor cine. De hecho, al principio, uno piensa que está viendo un mockumentary tan habitual en estos tiempos, como el de Jordi Évole sobre el 23-F. Pero no es así: justo antes de los títulos de crédito, las imágenes de archivo nos volverán a demostrar que la realidad, cuando se enreda y se complica, supera la más descabellada de las ficciones.



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