Blue Jasmine

Ya era hora de que el cine se acordara de estas mujeres ricas que han sido engañadas por sus maridos. Se merecían una película que explicara sus motivos y sus angustias.  Ellas no sabían que sus esposos eran unos estafadores piramidales de tomo y lomo, y fundían los billetes convencidas de que el suyo era un dinero muy honrado, legalmente robado a los pobres, puntualmente declarado en Hacienda. Algunas, incluso, con las migajas, pasaban la mañana haciendo obras de caridad, o visitando fundaciones antes de ir al golf, o al polo, o a las clases particulares de vela. Seguro que hay muchas mujeres así en Estados Unidos, como esta Jeanette/Jasmine que nos presenta Woody Allen en la película. Dicen, sin ir más lejos, que el personaje está inspirado en la esposa de Bernard Madoff, doña Ruth Alpern de soltera, que ahora vive de tapadillo en Connecticut, en casa de un hijo, protegida por las persianas, y por las gafas de sol cuando pasea por las calles entre los  mortales. Aquí, desde luego, en la España de la corrupción y la crisis económica, estas mujeres están  surgiendo como setas en otoño, y ocupan muchas portadas en los medios de comunicación. Ninguna se deprime, eso sí, ni se divorcia, ni busca una nueva vida en Logroño o en Palencia, en casa de la hermana menos afortunada, como esta Jasmine que trata de cambiar de vida en San Francisco. Aquí no pillan a ningún marido estafador, y al que cogen, le sueltan rápidamente, o le dan dos escarmientos en los juzgados para disimular. Como mucho, en el colmo del marxismo-leninismo, les tienen unos meses a la sombra, mientras la señora se torra las tetas en Marbella, o en Montecarlo, enchufada directamente a la cuenta bancaria en Suiza. Un cuenta, por supuesto, que ninguna justicia vaciará jamás. Las depresiones morrocotudas como las de Blue Jasmine no se ven por España. Aquí, por dinero, sólo lloran los pobres, porque los ricos, como en la mítica serie mejicana, sólo derraman la lágrima por los malos amores, y por los hijos secretos.



            Salvo una tonadillera de pelo oscuro y tez morena que afirmaba no saber la procedencia de los fajos de billetes, las demás engañadas, curiosamente, guardan un cierto parecido físico con Jasmine, aunque no son, ni de lejos, tan guapas como Cate Blanchett, que es una anglosajona perfecta del cabello como trigo, de la piel como nieve, del semblante como de hada. Nuestras ibéricas ignorantes, una infanta que me viene ahora a la memoria, y una ministra que se pone siempre demasiados rayos UVA, también son rubias, altaneras, quizá guapas en su lejana juventud. Pero son rubias del Mediterráneo, de andar por casa, con mucha mecha y mucho rubio que en realidad sólo es castaño. Ellas también se gastaban lo suyo en mansiones, en chalets, en coches de lujo, sin sospechar, aseguran, la fuente real del dinero. Porque ellas, aunque sean de derechas, y crean en el orden natural que separa las clases sociales, juran que nunca se gastarían un euro robado o defraudado. Que de haberlo sabido hubieran discutido con el marido, y se hubieran ido a casa de mamá por unos días, como símbolo de protesta. Son majísimas, solidarias, buena gente en el fondo de sus corazones. Las Blue Jasmine de la piel de toro. Dios las guarde muchos años, y a nosotros nos preserve la salud, para seguir trabajando, o no trabajando, y poder mantenerlas con nuestro dinero. Directa o indirectamente, eso es lo de menos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com