Primos

Y ya son, cuarenta y dos, las castañas. La edad me aprieta, el calor me ahoga, el domingo me deprime... Los tres jinetes del apocalipsis han decidido cabalgar juntos esta fecha nefasta, para ir de picnic con la familia ahora que luce el sol en la península, y así joderme el día cuando pasan por las cercanías. La Edad es fea, el Calor agresivo, Domingo un tipo medio imbécil... Menos mal que el Madrid-Barça es el próximo fin de semana, y que aún queda la esperanza de esa victoria en el horizonte. Menos mal que el jinete de la Derrota se quedó en casa, afilando la guadaña, o afectado por la alergia, porque los cuatro cabalgando al unísono serían como cuatro Atilas arrasando mi hierba y mi aliento. Son los cuatro jinetes de lo inevitable, de lo incontrolable, porque uno no puede nada contra el sol de justicia, contra las manecillas incansables, contra el domingo puntual, contra el partido del siglo que uno solo jalea desde el sofá, con la cerveza y las patatas fritas...



            Al mediodía, en buena compañía, he degustado el pulpo de la Galicia fronteriza, que no cura los males, pero los hace más llevaderos. En la ingesta todo era relativo y trivial. Con los cachelos en la boca uno se siente libre por segundos, como trasladado a otra realidad marítima y lejana. Pero luego, en la digestión, se oían de nuevo los galopares del apocalipsis. Los tres jinetes regresaban a casa para ver el fútbol, o para jugar la partida de tute, jodiéndome de nuevo la vida. No han dejado de sonar los cascos hasta las diez de la noche, porque el resonar llega a cientos de kilómetros.  A esa hora, aliviado por el silencio, he puesto Primos en el DVD  y he empezado a reírme por primera vez en el día. Con las aventuras de estos tontainas en Comillas he traspasado, sin darme cuenta, las doce de la noche, inaugurando sin ceremonias ni lamentos la castaña número cuarenta y tres. De nuevo la ficción ha venido al rescate, sustituyendo mi vida  por las vidas ajenas. En el domingo real de Ponferrada yo me hacía más viejo por momentos, y me faltaba el aire, y se eternizaba el día. En el domingo de Comillas, sin embargo, soplaba la brisa marina, triunfaba el amor, los jóvenes sonreían y afianzaban los lazos.  Mucho mejor lo suyo que lo mío. Por qué, entonces, no ser como ellos, al menos por un rato. 


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