Moneyball

Visto desde la distancia, desde esta Europa entregada al dios único del balompié, el béisbol parece un deporte absurdo, una pachanga que juegan cuatro gordos en un campo triangular armados de cachiporra y máscaras protectoras como de Hannibal Lecter. Me juran, los más yanquis de mis conocidos, que el béisbol es un deporte con todas las de la ley, apasionante y estratégico, con carreras y sudores que te empapan la camiseta, o el polo ese raro que llevan. A veces, ante su insistencia, en las noches más tontas del año, uno intenta seguir algún partido en los canales de pago, pero siempre me topo con figuras estáticas que parecen formar parte de un belén, o con tíos que de pronto corren en solitario como si les hubiese pegado un siroco. Hay, además, cien pausas para la publicidad, o para el comentario experto, que me acaban sacando de quicio. Se pongan como se pongan mis conocidos, el béisbol no es un deporte exportable a la cultura europea. En aquel maravilloso documental que contaba la historia del Cosmos de Nueva York, Once in a lifetime, una periodista afirmaba que el fútbol era como una obra de teatro, que se dividía en dos largos actos con un solo descanso en el medio, y que eso iba en contra de la cultura americana de los parones continuos, que los aficionados aprovechaban para hacer viajes al frigorífico. Del mismo modo, sus deportes fraccionados pueden con los nervios de cualquier futbolero europeo, acostumbrado a repantigarse en el sofá y dejar que el partido transcurra, como una ópera dramática de veintidós personajes donde está en juego el orgullo, el terruño, el vigor masculino preservado.



            Moneyball es una película sobre el mundo del béisbol, la historia real de cómo Billy Beane, mánager de los Oakland A's, creó un equipo mítico con los cuatro duros de presupuesto que el dueño le concedió. Aunque los personajes hablan de béisbol a todas horas, y uno, desde su ignorancia, y desde su desdén, no sabría distinguir a un catcher de un pitcher, Moneyball ha resultado ser una película fascinante. Un guión suculento de frases imborrables y diálogos endiablados que firma, una vez más, Aaron Sorkin. Yo amo a este tipo, desde mi heterosexualidad incuestionada. Moneyball es la lucha heroica de dos tipos,  Billy Beane y su experto en análisis  Peter Brand, por cambiar el sistema entero de ojeadores y fichajes. Donde los otros especialistas veían a jugadores desastrados y sin futuro, ellos, armados de ordenadores y de sentido común,  supieron encontrar a tipos que pedían a gritos una oportunidad.  Juntaron el buen ojo con la buena suerte y construyeron un equipo imposible, que batió el récord de victorias seguidas en las Grandes Ligas. Quien esto escribe no terminó de saber muy bien por qué ganaban tantos partidos, porque las explicaciones son dadas todas en germanía. Pero uno se deja llevar, y termina tan emocionado como el más entusiasta seguidor de este deporte de la garrota. El truco está en olvidarse de que Moneyball va sobre béisbol, e imaginar que uno está viendo a Rinus Michels implantando el fútbol total. A Arrigo Sacchi plantando la línea del fuera de juego a cuarenta metros de la portería. A Pep Guardiola ganando las Copas de Europa con un equipo quimérico formado sin delanteros. Moneyball es béisbol, pero podría ser cualquier otro deporte. Podría ser fútbol, por ejemplo.


          
            El equipo asesor de Billy Beane quema las energías linguales buscando jugadores nuevos para el equipo:
Especialista 1: Artie, ¿quién te gusta?
Especialista 2: A mí me gusta Pérez. Tiene un swing clásico. Muy fluido.
Especialista 3: No sé yo. No le da a la curva.
Especialista 2: Bueno, tiene que mejorar. Lo admito. Pero llama la atención.
Especialista 3: Su novia es fea.
Especialista 2. ¿Eso qué tiene que ver?
Especialista 3: Con novia fea... Le falta confianza.


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