Frasier. El pene dubitativo

En el episodio de hoy, Frasier se reencuentra con una antigua compañera del instituto, la antigua reina de la fiesta con la que soñaban los empollones y se acostaban los quarterbacks. Lorna es una rubia despampanante, altísima, pechugona de saltarte un ojo y dejarte tuerto de amor. A sus cuarenta y tantos años, aún conserva un polvo de mareo, y un morbazo de no apartar la mirada.  En el instituto, Frasier era un empollón escuálido que no se jalaba una rosca, pero ahora es un hombre de éxito, adinerado y reconocido, y Lorna, embriagada por la fama del hombre radiofónico, le regalará los favores sexuales que siempre reservó a los deportistas musculados y a los chulos sin escrúpulos. Frasier vivirá el gozo de una noche largamente soñada, como una venganza sobre sí mismo servida muy caliente en plato frío. Pero luego, en el despertar de la cama compartida, descubrirá que Lorna es una mujer malhumorada e impaciente. Está buenísima, pero es insoportable. Desde que le crecieron las tetas  en la pubertad, vive acostumbrada a que siempre la sirvan primero, y a que le enciendan el cigarrillo nada más sacarlo del paquete, y cuando la realidad se tuerce, y el deseo se retrasa, se vuelve una mujer caprichosa e intransigente. Es el destino fatal de las mujeres hermosas que han vivido entre nubes de algodón. 


            El pene de Frasier se pasa por el forro estos defectos evidentes de su carácter. Él sólo ve a la mujer rubia del cuerpo macizo que se abre de piernas y jadea con entusiasmo. Y lo demás se la trae floja, o muy dura, según se mire. El pene es amoral e irreflexivo por naturaleza. Primero fecunda, y luego pregunta. El cerebro, en cambio, que es el guardián racional de las meteduras de pata, admitirá rápidamente que el ídolo tenía los pies de barro, y la lengua de estropajo. Frasier es un tipo inteligente que sabe que la gente no cambia jamás; la personalidad y el carácter vienen inscritos en lo más profundo de los cromosomas. Frasier sabe que la gente disimula, encubre, sonríe, pero siempre es la misma. Después del primer sexo, que será también el último, Frasier descubrirá que Lorna siempre fue así de antojadiza, aunque hace años, desde la distancia del amor platónico, no pareciera tales cosas, tan divina y turgente. Rechazado por ella en la juventud, se perdió varios polvos del siglo, pero también muchos quebraderos de cabeza. La compañía de Norma no merece la pena, y Frasier la dejará marchar entre promesas baldías de amistad. El pene, mientras tanto, montará una manifestación de protesta en los barrios bajos del esqueleto, con mucha consigna sorda que ningún otro órgano secundará. Antes, en los tiempos mozos, era el líder indiscutible de la organización. El Miembro, con mayúscula. Su voto valía doble, o triple, según la necesidad del momento. Ahora sólo es un miembro más, en el parlamento doliente del cuerpo. 



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