La herida

Es un hecho científico que los hombres manejamos un puñado de emociones muy básicas. De la excitación al apagón, de la alegría a la ira. Los sentimientos intermedios, que son la química compleja de los elementos primordiales, resultan demasiado complicados para  nuestro cerebro primitivo, al que le falta un brazo de cromosoma en cada neurona.  Es por eso que a los hombres casi nunca nos confunden por la calle, porque manejamos cuatro o cinco semblantes elementales que la gente reconoce con facilidad. Las mujeres, en cambio, sufren estados emocionales complicadísimos, ecuaciones de la hostia con un montón de incógnitas sentimentales. La ciclogénesis explosiva que son sus hormonas lloviendo sobre la sangre, hace que sus rostros adopten mil expresiones diferentes. Las caras de las mujeres son como los muestrarios de colores, donde caben todos los matices imaginables.
            Marián Álvarez, la protagonista de La herida, es una de estas actrices que aprendieron en la escuela dramática de las camaleonas. Su repertorio de emociones valdría para elaborar un catálogo universal de lo afectivo. Podrían poner un DVD de La herida en la próxima nave Voyager que lanzaran al espacio, para que los extraterrestres se fueran haciendo una idea de lo que se encontrarían al invadirnos. Ana, el personaje de la película, vive en una edad indefinida que va de los veinte a los treinta y cinco años. En algunas escenas parece una colegiala, una inocentona recién salida del cascarón; en otras, sin embargo, parece una mujer mayor baqueteada por la vida, con más experiencias sangrantes que pelos en la cabeza. A veces parece una mujer fea, mustia, con muy poco atractivo sexual; otras veces su rostro resplandece, y casi llegas a confundirla con una hermana agraciada de Elena Anaya. Nunca parece la misma mujer. Y no es el trastorno bipolar, ni el juego de luces que lo acompaña. Es que uno, de no haber venido ya enterado a la película, habría jurado que eran dos actrices distintas las que se alternaban el personaje, como hacía Buñuel en aquellas películas absurdas de su vejez.



            Termino de ver La herida y busco la ficha de Marián Álvarez en internet. La edad real de esta actriz  suspendida en el tiempo es treinta y cinco años. Veo su fotos  recogiendo premios y galardones y no me creo que sea la misma mujer que hace media hora reía y lloraba en el televisor. A este lado de las pantallas, una luz interior atraviesa su piel, una que en la película tenía apagada y desenchufada. Marián Álvarez es una belleza de mujer. Se parece mucho, en algunos escorzos, en algunas miradas picaruelas, a ese fetiche de mis deseos que es Pamela Adlon, la deep raspy voice de Californication, que me vuelve loco con sólo escucharla. Leo, además, por si fuera poco para mi body, que Marián tuvo el arrojo, en la gala de los Goya, después de  agradecer el premio a papá y a mamá y a todo bicho viviente, de proclamar el derecho de las mujeres a decidir. No dijo a decidir el qué, pero todos los presentes, y los diferidos, la entendimos. Un ministro de la ultraderecha que lleva gafas y jura ser progresista seguro que también. 


1 comentario:

  1. Te leo regularmente y me gusta lo que escribes. Me encantó 'La herida' y con el paso de los días aún más. Siempre me gustó Marian Álvarez; en 'Hospital Central' (allá por 2008) se lució con un personaje y una trama complicados. Ojalá el Goya le de más visibilidad y más oportunidades de lucirse en la gran (o pequeña) pantalla.

    ResponderEliminar

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com