La gran familia española

¿Dónde estabas tú, el día que Iniesta marcó aquel gol que Stekelenburg casi llegó a evitar con la manopla? Los protagonistas de La gran familia española estaban en la boda del hijo menor, Efraín, solucionando los  asuntos más acuciantes del amor. El partido, en la película, sólo es un ruido de fondo, una excusa para compartir el sofá mientras se deshojan las margaritas y se van concretando los besos o las distancias.
            La gran familia española, así, a bote pronto, sin conocer argumento ni director, sonaba a remake de La gran familia, aquella de Pepe Isbert buscando a Chencho por los mercadillos navideños de Madrid. Sonaba a película  de católicos muy de Kiko Argüello reunidos alrededor del televisor para celebrar que España, gracias al fútbol,  volvía a ser una, y grande, y libre, con el gol postrero de un medio calvo nacido en Albacete. Uno se temía lo peor, en estos tiempos donde el rojerío ha dimitido de hacer películas, y se encierra en una mudez cómplice a la hora de recibir los premios. En esta España de hoy, son los intelectuales de derechas quienes ruedan historias inspiradas en valores eternos, y ponen a caldo a los sociatas de ahora, y a los sociatas violamonjas de la II República. Eran muy sospechosas, las palabras "familia" y "española" reunidas en un mismo título, como de proyecto de José Luis Neogarci sufragado por 13TV, con Gallardón haciendo un cameo de cuñado listillo. Menos mal que era Daniel Sánchez Arévalo quien pilotaba la nave, y que este tipo, ocurrente y perspicaz, se toma la familia como lo que es, una casualidad genética que nos arrejunta con gentes que podemos amar o aborrecer, según nos vaya en ella. La familia es un punto de partida en nuestra vida personal, que muchas veces, por esas cosas de la vida, no se convierte en un punto de referencia. Una necesidad, en la infancia; un apoyo, en la adolescencia; una opción, en la madurez.



            Aquel 11 de Julio por la noche uno estaba en León, en el viejo piso, acompañado de la mujer y de la madre, que ni papa de fútbol entendían, y de A., el retoño, que por aquel entonces, con once años  de vida, y el raciocinio recién estrenado,  ya odiaba furiosamente a la Selección Española, porque era el mismo Barça redivivo con tres parches del Madrid y uno del Sevilla, para disimular el chanchullo. Yo también odié de pequeño a la Selección Española, sobre todo en el Mundial del 82, porque del Madrid sólo iban Juanito y Santillana, y el resto eran vascos que nos habían ganado varias ligas en campos embarrados, para jolgorio antifranquista de mi padre, que se lo tomó como una venganza personal de los cuarenta años de penuria. En el año 82, toda España viajaba río abajo con los barcos adornados de rojigualdas, mientras que yo, con diez años, remaba contra corriente en mi pequeño bote de cartón, abanderado de la RFA de Karl Heinz Rummenigge, mi héroe infantil y teutón del Bayern de Munich. Puede que ahí empezara todo: la indiferencia por la patria, por los compatriotas, por la bandera de colores chillones. Ahí empezó mi sueño incumplido de ser rubio natural y apellidarme Rodrigorson, y haber nacido de Estocolmo para arriba, al abrigo de la nieve, y rodeado de chicas rubias.
            Cuatro años después,  porque en ella jugaban Michel y Butragueño, me sumé a la masa patriótica y amé a la Selección del 86, y luego a la del 90, porque  allí seguían los quintos del Buitre luchando contra los elementos en aguas del mar Adriático. Fue un breve paréntesis de reconciliación con España, y con los españoles. Pero en el Mundial del 94 regresé al odio exaltado, beligerante, porque Clemente había hecho limpia de madridistas estilosos, y en su ejército sólo jugaban legionarios de autonomías periféricas. Más aún le odié en el año 98, pero esta vez fueron muchos, patriotas de pro incluidos, los que me acompañaron en el odio, y se alegraron con su derrota. Volví a ser un español de verdad en el 2002, apoyando al camacho ibérico en su intento de repoblar  el Lejano Oriente. Y ése fue el final de mis sentimientos encontrados. Cuando por fin llegaron los triunfos de la Selección, me alegré por el buen fútbol, y muy poco por las banderas, indiferente ya a los patrioterismos, y sólo pendiente de la geometría pura del balón. Me bajé muy tardé de este carrusel idiota de simpatías y antipatías, y todavía siento, de vez en cuando, las ganas de subirme. 



            Al principio de La gran familia española, el personaje de Efraín asegura que todos nosotros, en nuestra vida real, estamos reviviendo una película, porque a veces la realidad y la ficción se parecen, o confluyen, o se toman prestados argumentos y desenlaces. Él y sus hermanos están reviviendo Siete novias para siete hermanos, primero porque sus padres así lo dispusieron, y luego porque la vida es irónica y caprichosa. El espectador, queda insinuado, ha de averiguar qué película es la suya. Tras los títulos de crédito, me quedó pensando largos minutos en el sofá. Mi película tiene que ser de un personaje solitario y triste, enamorado de la vida, pero no de la vida que lleva. Un inadaptado que busca en el cine la felicidad y la plenitud que la vida le deniega. De pronto recuerdo una entrada de este mismo blog: Cecilia, la protagonista de La Rosa Púrpura del Cairo, es  un personaje de estremecedor parecido conmigo, aunque ella sea  mujer, y viva en una época diferente, con un océano de por medio. Me reconozco en sus nervios antes de la proyección, en la mirada ansiosa y brillante que reluce en la oscuridad del cine. Para Cecilia, como para mí, el día sólo dura hora y media, o dos horas, según la película que toque. El resto sólo es trámite, supervivencia, burocracia, decepción...


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