True detective: el despelote de Alexandra

Hoy por la mañana, al despertar, envuelto en la bruma del mal humor, he recordado este diálogo de True Detective. Porque uno, como el detective Cohle, hace ya tiempo que no descansa por las noches. Que traspasa la frontera del sueño pero no encuentra el descanso en ese país donde otros roncan, o viajan sobre las nubes.
Detective Hart: ¿Dormiste algo anoche?
Detective Cohle: No duermo. Solo sueño.



            Mucho después, por la noche, antes de volver a la cama para no dormir, veo dos episodios más de esta serie que no para de dar vueltas en mi cabeza. El personaje de Matthew McConaughey se ha quedado rondando por ahí, como un sereno, o como un borracho, dando paseos en el laberinto de mis circunvoluciones. De vez en cuando se asoma a mis orejas para recordarme sus negras filosofías, que se parecen mucho a las que yo mismo razono cuando la etiqueta social desaparece, y me quedo a solas en este mismo salón, acompañado de los libros y de las películas, que son nidos de los que salen certezas indudables como murciélagos al anochecer.

            Los detectives Hart y Cohle, que sospechan de un zumbado religioso como autor del crimen horrible, asisten a la predicación de un pastor evangélico en plena campiña. Los fieles cierran los ojos, se balancean extasiados y gritan ¡Amén!, y ¡Oh, Lord!, en ese estilo tan inconfundible de los protestantes a punto de levitar y de contemplar a Jesús redivivo. Los detectives, al fondo de la escena, mientras buscan al sospechoso en el éxtasis colectivo de la parroquia, discuten sobre la utilidad social de la religión.

Detective Hart: Bueno, ¿puedes imaginarte lo que pasaría si la gente no creyera en nada?
Detective Cohle: Exactamente lo mismo que ahora, solo que a plena vista.
Detective Hart: Menuda... mierda. Sería un puto espectáculo de feria de asesinatos y libertinaje, y lo sabes.
Detective Cohle: Si lo único que hace que una persona sea decente es la expectativa de una recompensa divina, entonces, hermano, esa persona es un pedazo de mierda, y me gustaría que salieran a la luz cuantas más mejor.


           
            Alexandra Daddario es la aparición sexual más rutilante de los últimos años. En el segundo episodio de True detective se despelota ante su amante y mi televisor arde en llamas y se derrite formando gotas de magma metálico. A ver luego cómo lo limpio, y cómo le explico lo sucedido a mi señora. No se había visto una cosa igual en años. Esta habitación, que ya parece el refugio monacal de un pecador retirado del mundo, se ha convertido, por unos instantes, en la capital mundial de la lujuria. Lo que esa mujer luce en pantalla no es cuerpo, sino sueño hecho realidad. De tal guisa se encarnó el demonio cuando tentó a Jesús en el desierto. La temperatura ambiental se ha disparado, y la corporal, aterida justo unos segundos antes, ha  alcanzado máximos históricos, de salir en el telediario y todo. La erección ha sido automática, sorpresiva, tremenda. De una juventud florida y pujante que ya nunca volverá. Dolían, los tejidos, ante la imagen desnuda de Alexandra. Dolían, los muy vagos, como cualquier músculo del cuerpo en el esfuerzo de un atletismo muy poco practicado. Un estiramiento excesivo para estas gomas que ya pasaron la fecha de caducidad. Pero tuve suerte. Un segundo antes de que la presa reventara y anegara la estancia de sangre, regresaron los crímenes y las investigaciones. Regresó el detective Cohle filosofando sobre la inanidad egocéntrica del espíritu. Volvió a salir el sol, y regresaron las sombras al convento.


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