Las brujas de Zugarramurdi

Las brujas de Zugarramurdi es el remake vasco-español de Abierto hasta el amanecer, aquella película en la que George Clooney y Quentin Tarantino huían de la policía y se metían en un puticlub fronterizo de vampiros hambrientos. Inolvidable, aquel lap dance de Salma Hayek que nos dejó tan erectos como hipnotizados. La película de Robert Rodríguez se quedó en la pura acción disparatada, con la carnicería final de buenos y malos en el pub mexicano. Él y su compadre Tarantino no son mucho de ir dejando mensajes subliminales, o visiones personales del mundo. Lo suyo es el cachondeo, el mondongo, el cine como catarsis de la violencia y la mala baba. Álex de la Iglesia, sin embargo, que iba para Tarantino Rodríguez de nuestro cine, desliza en Las brujas de Zugarramurdi buena parte de su filosofía personal sobre la guerra de los sexos, tan antigua como la guerra del hombre contra  los carnívoros del ecosistema. Antes de que la película se le vaya de las manos, y la sacrifique en un akelarre de persecuciones y mordiscos, el director deja caer su opinión corrosiva sobre el mundo de  las mujeres: que todas tienen, en mayor o menor medida, alma de brujas. Unas en plan profesional, las de Zugarramurdi, y otras en plan aficionado, haciendo pinitos en la vida cotidiana, las de Madrid y resto de España. 



            Pero hay que aclarar algunos conceptos, antes de que  el blog que nadie leía se convierta en el blog que una vez denunciaron. Para Álex de la Iglesia, y para quien esto escribe, las mujeres no son brujas por ser  malvadas, sino por ser clarividentes. En el idioma castellano del siglo XXI, las brujas ya no son hechiceras que beben sangre de sapo y vuelan en escobas de madera. El brujerío, entendido como facultad extrema de la inteligencia, es una cualidad común  a todas las mujeres, lo sepan o no.  Bruja y mujer se han convertido en palabras sinónimas, casi intercambiables en algunos contextos. Ellas son sapientísimas, perspicaces, retorcidas. Casi de otra especie, o de otro mundo. Alienígenas, más que brujas.  La misoginia de Álex de la Iglesia es igual que la mía: no es degradante, ni injuriosa, ni machista. Es más bien respetuosa y reverencial. No odiamos a las mujeres: las tememos y las admiramos, a partes iguales. Nos superan, nos abruman, nos desnudan el alma. Nos miran del revés y nos hundimos; nos hacen un gesto y acudimos como perritos. Nos tienen en sus manos, y a sus pies, para lo que haga falta. Los hombres, en compañía de mujeres, recordamos que sólo un paso nos separa de los simios, y que viajamos por la vida con deseos muy poco sofisticados.

            En una entrevista que le hizo Joaquín Reyes en televisión, Álex de la Iglesia explicaba así la idea central de Las brujas de Zugarramurdi:
            "En la película los hombres son torpes, lerdos... En fin, nosotros, un poco... (risas compartidas). Y las mujeres son terriblemente malas. Lo que hacen las mujeres es utilizar eso. Saben cómo vamos a hacer las cosas. Saben que nos vamos a equivocar y aprovechan, y generan una estrategia para sacarle jugo a nuestros errores".



            Rescato, de esa misma entrevista, una reflexión del director vasco sobre la madurez personal. O más bien sobre la falta de ella.
Joaquín Reyes: ¿Qué queda de este Álex que hacía los fanzines?
Álex de la Iglesia: Pues ese Álex está aquí contigo. Más gordo, y sobre todo más maleado. Con el punto ése de haber tenido una vida, y cuarenta y siete años, y tal... Fundamentalmente soy el mismo. Yo no creo que haya madurez. No creo que haya un avance personal. Tú y yo no hemos madurado. Lo que sí que hemos encontrado es una manera inteligente de sacarle rendimiento a nuestra estúpida forma de ser.
Joaquín Reyes: (sonriendo mientras asiente) Lo suscribo, totalmente.



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